Trabajando en día de elecciones

Una vez más, pasó, uno de esos días en que todo lo que es complicado puede serlo mucho más.

A pesar de la tecnología y sus vericuetos cada vez más indescifrables pude realizar mi trabajo de cobertura para el canal Intereconomía, para el que trabajo. Después vinieron la lluvia, el frío y el granizo, cosa de terminar de complicar la situación.

Pero, a pesar de todo y en algún  momento de la jornada, preparé un pequeño informe para el programa de radio de mi amigo Claudio, o más formalmente hablando Claudio Goldman, conductor del programa de radio “Emet, la Verdad de la Gente”, que se emite en la radio FM Flores de Buenos Aires.

Y aquí está, lo comparto…

Prohibidas las mujeres en Jerusalem

Más de un año después de haber llegado al país subí en cierta ocasión a un autobús en Jerusalem, desde donde quería llegar a la ciudad donde vivo, Modiín. Era una línea que no conocía, así que al subir intenté averiguar dónde podía bajar y cuánto costaba el viaje. Pero, unos segundos después, se armó un escándalo en el colectivo, y me tardó un instante darme cuenta que esas quejas y gritos eran para mí, que llevaba puesta una falda corta. Me dí vuelta y ví un autobús repleto de judíos ortodoxos – hombres de lado izquierdo y mujeres del derecho – que me exigían que bajara inmediatamente y vociferaban que no tenían la más mínima intención de viajar conmigo. De esa manera me enteré que hay una línea de autobuses que prácticamente pertenece a los ortodoxos, y que son los pasajeros los que generalmente deciden quién se queda y quién se va.

 Debo señalar que en otra ocasión, en la que vestía pantalones, una mujer se acercó y me pidió con amabilidad y una sonrisa si podía ponerme el saco porque mi camisa tenía mangas cortas y se me veían los brazos. El pedido fue tan respetuoso que de inmediato le respondí que sí y me disculpé por no haberme dado cuenta antes. Casi una hora después, cuando estaba por bajar del autobús, la mujer se volvió a acercar para darme las gracias.

 En otra ocasión, subí a un autobús de línea, común, corriente, en pleno centro de Jerusalem. Yo iba en el primer asiento – donde me gusta ubicarme para observar todo el panorama – detrás había una mujer embarazada y los demás asientos estaban tooooodos libres. De pronto subió un señor, ortodoxo, y me anunció haciendo gala de toda su antipatía y su falta de educación, que tenía que levantarme de allí porque “los asientos de adelante son para los hombres”. “Éste no sabe con quién se metió”, pensé, lo miré y le sonreí con sorna.

 Después de “debatir” un par de minutos sobre “dónde está escrito” y “de dónde obtuvo el derecho a imponer su propia ley en un espacio público”, le hice saber que si tiene algún problema para sentarse al lado de una mujer – en este caso yo – sencillamente es él quien debe buscarse otro lugar. Por último le comuniqué que “si me hubiese pedido con respeto y buenos modales si POR FAVOR puedo cambiar de asiento, de inmediato yo le habría dicho que sí, por respeto a él y sus convicciones. Pero dado que él no me respeta, yo tampoco me siento en la obligación de respetarlo”. Solamente obtuve algunos insultos a modo de respuesta, y el hombre se quedó parado en medio del pasillo, convencido de que había tenido la mala suerte de empezar el día cruzándose con una pobre mujer, tan equivocada como loca.

 Quizás por eso – y por muchas otras anécdotas que escuché de concidas y conocidos – no me tomó del todo por sorpresa una noticia que se dio a conocer esta semana. La empresa de transporte público “Egged” se negó a vender un espacio publicitario a un partido político independiente que se presenta en la campaña electoral para la Intendencia de Jerusalem. El motivo, según lo explicaron voceros de la empresa responsable de la publicidad, es que no se puede mostrar fotografías de mujeres en los autobuses– hay dos candidatas a concejales en ese partido – ya que los ortodoxos suelen atentar de distintas maneras contra ellos y hasta incendiarlos.

Aclaro que en estos días puede verse el rostro de todos los candidatos hombres en los autobuses que circulan por Jerusalem.

 

 

 El partido, “Hitorerut ierushalmim” (Despertar de los jerosolimitanos) no ha logrado por el momento más que una larga serie de excusas y explicaciones huecas de distintos burócratas. Pero, en la práctica, nada.

Tengo consciencia de que el tema no es nuevo, tiene la misma edad que la sociedad israelí. Que el “poder de convicción” ultraortodoxo utiliza distintos métodos, tales como el boicot a supermercados y cadenas de distribución de alimentos, y la manipulación del enorme potencial económico que posee. Las preguntas que me hago hoy, al observar una vez más este cuadro de situación son básicamente dos: dónde está el límite y quién será capaz de imponerlo.

 

 

 

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