¿Respeto, juego electoral o sumisión?

 

¿Dónde está la fotografía de Tzipi Livni?

En el camino de Tel Aviv a Jerusalem desapareció la imagen de la candidata del partido Kadima en las elecciones generales en Israel, Tzipi Livni, de los carteles de campaña.

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¿Adónde fue a parar la ministra de Relaciones Exteriores, Tzipi Livni, o mejor dicho, su fotografía?

Ésta es la pregunta que plantea el periódico Yediot Ajaronot, que muestra también dos posters de la campaña electoral del partido Kadima, uno de la ciudad de Tel Aviv y el segundo de Jerusalem.

Según los periodistas de Yediot Ajaronot, en las ciudades de Bnei Brak y Jerusalem, la imagen de Tzipi Livni no figura en la propaganda electoral, debido a la oposición de los ultraortodoxos a la publicación de la imagen de una mujer.

En el partido Kadima explicaron que “los carteles fueron colocados por empresas en cada zona donde se realiza la campaña y también en otras zonas se exhibe el cartel sin fotografías. En una próxima etapa de la campaña lo reemplazaremos por otros, con imágenes de Tzipi Livni, salvo en los lugares donde respetaremos la sensibilidad de los habitantes respecto de tales fotografías”.

Fuente: Yediot Ajaronot

Prohibidas las mujeres en Jerusalem

Más de un año después de haber llegado al país subí en cierta ocasión a un autobús en Jerusalem, desde donde quería llegar a la ciudad donde vivo, Modiín. Era una línea que no conocía, así que al subir intenté averiguar dónde podía bajar y cuánto costaba el viaje. Pero, unos segundos después, se armó un escándalo en el colectivo, y me tardó un instante darme cuenta que esas quejas y gritos eran para mí, que llevaba puesta una falda corta. Me dí vuelta y ví un autobús repleto de judíos ortodoxos – hombres de lado izquierdo y mujeres del derecho – que me exigían que bajara inmediatamente y vociferaban que no tenían la más mínima intención de viajar conmigo. De esa manera me enteré que hay una línea de autobuses que prácticamente pertenece a los ortodoxos, y que son los pasajeros los que generalmente deciden quién se queda y quién se va.

 Debo señalar que en otra ocasión, en la que vestía pantalones, una mujer se acercó y me pidió con amabilidad y una sonrisa si podía ponerme el saco porque mi camisa tenía mangas cortas y se me veían los brazos. El pedido fue tan respetuoso que de inmediato le respondí que sí y me disculpé por no haberme dado cuenta antes. Casi una hora después, cuando estaba por bajar del autobús, la mujer se volvió a acercar para darme las gracias.

 En otra ocasión, subí a un autobús de línea, común, corriente, en pleno centro de Jerusalem. Yo iba en el primer asiento – donde me gusta ubicarme para observar todo el panorama – detrás había una mujer embarazada y los demás asientos estaban tooooodos libres. De pronto subió un señor, ortodoxo, y me anunció haciendo gala de toda su antipatía y su falta de educación, que tenía que levantarme de allí porque “los asientos de adelante son para los hombres”. “Éste no sabe con quién se metió”, pensé, lo miré y le sonreí con sorna.

 Después de “debatir” un par de minutos sobre “dónde está escrito” y “de dónde obtuvo el derecho a imponer su propia ley en un espacio público”, le hice saber que si tiene algún problema para sentarse al lado de una mujer – en este caso yo – sencillamente es él quien debe buscarse otro lugar. Por último le comuniqué que “si me hubiese pedido con respeto y buenos modales si POR FAVOR puedo cambiar de asiento, de inmediato yo le habría dicho que sí, por respeto a él y sus convicciones. Pero dado que él no me respeta, yo tampoco me siento en la obligación de respetarlo”. Solamente obtuve algunos insultos a modo de respuesta, y el hombre se quedó parado en medio del pasillo, convencido de que había tenido la mala suerte de empezar el día cruzándose con una pobre mujer, tan equivocada como loca.

 Quizás por eso – y por muchas otras anécdotas que escuché de concidas y conocidos – no me tomó del todo por sorpresa una noticia que se dio a conocer esta semana. La empresa de transporte público “Egged” se negó a vender un espacio publicitario a un partido político independiente que se presenta en la campaña electoral para la Intendencia de Jerusalem. El motivo, según lo explicaron voceros de la empresa responsable de la publicidad, es que no se puede mostrar fotografías de mujeres en los autobuses– hay dos candidatas a concejales en ese partido – ya que los ortodoxos suelen atentar de distintas maneras contra ellos y hasta incendiarlos.

Aclaro que en estos días puede verse el rostro de todos los candidatos hombres en los autobuses que circulan por Jerusalem.

 

 

 El partido, “Hitorerut ierushalmim” (Despertar de los jerosolimitanos) no ha logrado por el momento más que una larga serie de excusas y explicaciones huecas de distintos burócratas. Pero, en la práctica, nada.

Tengo consciencia de que el tema no es nuevo, tiene la misma edad que la sociedad israelí. Que el “poder de convicción” ultraortodoxo utiliza distintos métodos, tales como el boicot a supermercados y cadenas de distribución de alimentos, y la manipulación del enorme potencial económico que posee. Las preguntas que me hago hoy, al observar una vez más este cuadro de situación son básicamente dos: dónde está el límite y quién será capaz de imponerlo.

 

 

 

Nuestro primer Sucot en Israel y el “enamorado del mercado árabe”

 

 A dos meses de haber llegado al país, recién mudados a un barrio en las afueras de Jerusalem desde el centro de absorción donde habíamos pasado el primer tiempo, nos sorprendió el primer Sucot en nuestra condición de ciudadanos israelíes.

 Asesorada (mal) por una compañera de trabajo, decidí llevar a mis hijos a conocer la Ciudad Vieja y el Kotel, el Muro de los Lamentos, paseo emocionante si los hay.

Pero resultó ser que unas 15.000 personas más habían tenido la misma idea, y cuando llegamos al lugar no podíamos creer lo que estábamos viendo. Era “Birkat HaCohanim”, la Bendición de los Sacerdotes, tradicional en Sucot y que – como todo el mundo sabe – es uno de esos días en que Jerusalem es un loquero, hay embotellamientos, empujones y muchedumbres.

Después de lograr, con muchísima dificultad, acercarnos un poquito al Muro, decidimos salir de la explanada y probar suerte con un paseo por las hermosas callecitas de la Ciudad Vieja. Pero resultó ser que nos equivocamos – obviamente porque no conocíamos el lugar – y nos metimos en el mercado árabe.

A medida que avanzábamos en las callecitas empezamos a notar que no estábamos en el lugar que habíamos buscado, pero de todos modos todo eso tenía una belleza muy especial. Colores, texturas, aromas … hasta que de pronto, un comerciante que estaba parado en la puerta de su negocio se acercó hacia nosotros, me tomó de un brazo y me metió adentro de su negocio, así, sin decir agua va.

Los chicos me siguieron, y empezamos a asustarnos, los cuatro. Les murmuré en español que no se les ocurriera hablar ni una sola palabra en hebreo, y los tres asintieron, mudos y pálidos.

Una vez adentro de lo que resultó ser un negocio de joyas, el hombre empezó – sin soltarme el brazo ni por un segundo, al contrario, tomándolo cada vez con más fuerza – a repetir una y otra vez: “tus ojos, tus ojos”…. hablándome todo el tiempo en inglés.

¿WHAT?, le pregunté

“Tus ojos son verdes”, me respondió el hombre, en trance. “Son verdes, son muy hermosos y yo te voy a regalar algo”…

Dicho esto sacó un par de aros con una piedra verde que incluso en esas circunstancias se veía preciosa.

 El hombre, cada vez más en situación de “trance de ojos verdes” me explicó que quería darme eso porque se había enamorado y porque eran verdes como mis ojos y porque él quería QUE ME QUEDARA PARA SIEMPRE CON ÉL.

Cada palabra iba acompañada por un apretón más fuerte de mi pobre brazo y , después de forcejear un poco, decidí que tenía que hacer algo porque eso se estaba poniendo muy feo.

“Vamos a hacer lo siguiente”, le propuse dirigiéndole un guiño y una mirada cómplice. “Yo estoy con mis hijos, no puedo quedarme aquí. Los voy a dejar y vuelvo a buscar mi regalo y a quedarme con vos”.

 Por suerte el hombre aceptó con mucho entusiasmo, y enseguida me soltó el brazo. Yo alcancé a decirle a mis hijos que no salieran corriendo y así caminamos, mudos y pálidos, sintiendo su mirada en nuestras espaldas, hasta la primera esquina. Cuando doblamos, salimos corriendo sin soltarnos las manos hasta que encontramos un soldado israelí que nos indicó cómo podíamos salir de ahí lo más rápido posible.

 Mi hijo mediano, Lior, preguntó con su más pura ingenuidad: “mami, ¿de verdad vas a volver con el tipo ese”?

-”Nooooo, Lior, se lo dije para que me soltara el brazo y nos dejara ir”.

- “Pero, pobre, te va a estar esperando…”

 

 

 Moshé Katzav, los jugadores de River y el “enamorado”

 Una vez que recuperamos el aliento, rumbeamos hacia la Casa Presidencial. Otra costumbre muy arraigada en Israel es que el Presidente de la Nación hace lo que se llama “Casa abierta” y recibe a todo ciudadano que quiera saludarlo y entrar a la Sucá. Para nosotros, como recién llegados, era toda una experiencia.

En aquel momento, el Presidente era Moshé Katzav, y no había llegado aún la época de los escándalos. El hombre estaba parado junto a su esposa en la recepción y estrechaba la mano de todos los que pasaban como si tuviera ganas.

Cuando llegó nuestro turno, nos dio la mano y teóricamente teníamos que seguir hacia adelante, pero a Lior se le ocurrió darle conversación y le contó que éramos nuevos inmigrantes de Argentina. Katzav nos hizo un par de preguntas sobre nuestra llegada y Lior sacó de su bolsillo unas hojas de cuaderno que llevaba y le pidió a Moshé Katzav si le podía firmar un autógrafo.

Katzav sonrió, enternecido y contento, y mientras buscaba su lapicera escuchó cómo Lior le explicaba que estaba a punto de darle el honor de firmar en la página más importante, junto a las firmas de los jugadores de River, que él había conseguido en Buenos Aires!!

Se los mencionó uno por uno, y Katzav ya estaba más que desorientado, le estampó su firma y nos fuimos a la Sucá, a mirar un espectáculo de danzas folklóricas y comer bocaditos presidenciales.

Cuando salimos, cansados pero contentos, Lior volvió a preguntar qué iba a pasar con “el pobre hombre del negocio, que te está esperando”, y lo hizo varias veces más durante los meses siguientes.

En estos seis años que pasaron, la anécdota se convirtió en una broma familiar. Solemos preguntarle a Lior – que ya no es aquel nene ingenuo –  si se le pasó el cargo de conciencia por el enamorado intempestivo, y los cuatro nos reimos mucho.

 Esta semana, justamente, estuvimos pensando si en este Sucot vamos a volver a visitarlo…

 

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