Las elecciones generales se acercan, ya están a la vuelta de la esquina. Y a dos semanas del gran acontecimiento, sólo el 65% de los israelíes con derecho a votar están seguros de que lo harán. Un 13% ya ha decidido no sufragar , un 5% piensa que no lo hará y el 17% “cree” que votará.
¿Los motivos? Un 35% de los encuestados respondió que está “harto” de los candidatos, que siempre son los mismos.
Es evidente que no hay grandes novedades en la oferta electoral actual, sólo Tzipi Livni, la candidata del partido Kadima, se estrena en su postulación a primera ministra. Pero tiene un gran inconveniente – a los efectos de poder resultar electa por la sociedad israelí – es mujer.

Basta observar la campaña proselitista que está llevando a cabo el Likud contra “esa mujer”, en la que pretende mostrar las contradicciones de Livni, que – sin entrar a juzgar si son o no ciertas – pone en evidencia su condición femenina. El Likud afirma que la primera magistratura “le queda grande” y yo concluyo que jamás habrían ideado semejante campaña si Livni fuese hombre.
Hace unos pocos días finalizó la guerra, el operativo “Plomo Fundido”, como se ha dado en llamar. Y si bien el gobierno lo ha presentado como un triunfo, sólo Tzipi Livni se ha visto en la necesidad de tener
que explicar que ella también estuvo allí. Que fue exactamente un tercio del terceto que tomó las decisiones, que muchas de ellas fueron tomadas en base a sus propuestas y criterios … en fin, que también entiende del asunto. Es que Tzipi Livni – si bien ha trabajado en el Mossad – nunca manejó un tanque, ni disparó obuses, no planeó estrategias ni movilizó tropas. Y eso la deja fuera de la cancha, en un juego que es sólo para hombres. Livni ha querido jugarlo de todas maneras, y salió perdiendo.
Pero, cuidado, que no se me malentienda. Esta columna no pretende ser una apología ni mucho menos propaganda política para Tzipi Livni y su partido, Kadima. Esta reflexión va más allá de estar o no de acuerdo con su ideología política, sus propuestas, su figura y su plataforma, va más allá de su persona.
Lo que quisiera ver en algún tiempo no muy lejano en esta sociedad en la que vivo es que, cuando los candidatos de turno comiencen la carrera hacia la primera magistratura, todos puedan estar parados en la misma línea de largada. Y que las candidatas no deban empezar la carrera unos cuantos metros más atrás, porque, por ser mujeres, “les queda grande” y de esto no entienden nada.