Vida cotidiana: De cómo me recibí de madre israelí

 

Cuando llegamos a Israel mis hijos tenían 13, 10 y 7 años de edad (sobre la llegada y los primeros tiempos comentaré en algún otro post). Fue pasando el tiempo, fueron creciendo y cambiando y haciéndose cada vez más israelíes.

Recuerdo el día en que de pronto me dí cuenta que mis dos hijos varones estaban mirando por Internet un partido de fútbol de su equipo, River, pero comentaban, gritaban e insultaban en hebreo. O cuando Micaela me preguntó cómo se dice, pero en castellano.

 Pasó bastante tiempo hasta que me sentí verdaderamente “madre israelí”.

Comencé a sentir esa pertenencia el día en que mi hijo mayor se enroló. Confieso que ese día me porté muy mal, que cuando llegó el momento de que subiera al autobús que lo llevaba a la base lo abracé un poquito fuerte y me largué a llorar de una manera que al pobre se le hicieron las cosas bastante más difíciles.

Cuando miré a mi alrededor y ví a unos cuantos más llorando sin pudor, incluso algún “casi soldado” y más de un padre, me sentí menos avergonzada, sobre todo considerando que la mayoría de los que estaban ahí habían pasado ellos mismos esa misma experiencia, esa que algunos no se cansan de relatar en cada reunión familiar y en cada cumpleaños, pero que cuando le toca a los hijos les hace soltar las lágrimas.

 

Lágrimas de madre y un abrazo inolvidable…

 

A partir de ese día empecé a formar parte del gran grupo de madres que lavan y planchan uniforme los fines de semana que el soldado está en casa, que tienen dificultades para conciliar el sueño pensando dónde estará, si habrá comido, si tiene frío. De madres que ven llegar a sus hijos y observan cuánto adelgazaron en estos días y de padres que comienzan a aprender un lenguaje totalmente nuevo.

Porque en el ejército el tiempo se mide en segundos, y tenés 20 segundos para bañarte, cambiarte y peinarte y 10 para ir al baño. Quizás también por eso, las palabras no se dicen completas, sólo con abreviaturas.

 Y ahora, cuando voy a una reunión social, ya no me quedo mirando a mis amigos israelíes cuando hablan del ejército y comentan que el “matak” (mefaked tank, o comandante del tanque) de aquella base, o el samgad (sgan mefaked gdud, que es el vice comandante del regimiento) y el kambatz…. que es el oficial a cargo de los operativos, o algo por el estilo. Síiiii, me dice alguno, yo también estuve en “Bislash” (Escuela del Cuerpo de Blindados) como tu hijo.

 Ni qué decir de cuando el chico recibe un “guimel”, la tercera letra del abecedario, que significa que se siente mal o está enfermo o logró convencer de tal cosa al médico de la base y puede volver a casa. El uniforme “Alef” es el que hay que planchar y tiene que quedar bien prolijito. El otro es el que huele a aceite del tanque, hay que darle varias vueltas de lavarropas y se puede poner a secar colgado de una percha y con eso alcanza.

También creo que a las madres israelíes, incluso a las de los héroes de guerra, deberían darnos una medalla al mérito por lavarles las medias… una experiencia indescriptible!

Otra diferencia muy grande entre la que soy ahora y la que era antes es que el tiempo ahora se divide en “cuando viene o cuando no viene Uri del ejército”, y toda la familia está pendiente de eso. Y cuando se está yendo, uno ya le pregunta cuándo vuelve, además de cargarle la tremenda mochila que lleva con un montón de cosas ricas (eso sí, sin llorar). Ahora, los fines de semana también los hermanos preguntan, ansiosos, ¿viene Uri?¿viene Uri? … y lo reciben con unos increíbles abrazos.

Hay otros conceptos que estoy aprendiendo “a los ponchazos”. Resulta que hay un personaje llamado “Ganán”, que en el lenguaje común de los mortales que hablamos hebreo significa jardinero, pero en el ejército es el tipo que va sentado encima del tanque en los entrenamientos. Cuando mi hijo me contó que cierto día iba manejando el tanque y en lugar de girar hacia la derecha giró hacia la izquierda, o algo así, y el ganán le dio un golpe que atravesó el casco y le llegó a la cabeza, me levanté y en mi más valiente pose de defensora de los derechos del niño, ya iba a averiguar quién es ése … “y qué se cree, cómo te va a pegar, yo lo voy a denunciar, etc, etc”.

Uri me interrumpió amablemente para explicarme que el ganán no puede hablar con el que está manejando el tanque porque hay mucho ruido, casco, tapones en las orejas y todo eso. Entonces, lleva un palito con el que les da golpes en el casco, y si ve que se están por estrellar o cosa por el estilo el golpe puede ser más “expresivo”.

Para Yom Kipur no vino, se tuvo que quedar en la base y ahí nomás tenía el templo, el shofar, la cena posterior y todo lo necesario. Ahora que empezó el fin de semana ya llegó a casa y yo, por supuesto, ya le preparé el budín de choclo que me pidió, ajíes rellenos, berenjenas a la nosequé, gaseosas, pita, mucho humus y bastante tjina. No sé si le van a alcanzar los tres días de “guimel” que le dieron para comerse todo eso, pero al menos la casa huele al pan trenzado que está en el horno y no a medias.

 

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Sandra
    Oct 11, 2008 @ 16:19:39

    Me encantó esta nota, me hizo emocionar y sentir lo que vive una madre en Israel

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  2. Eliseo
    Oct 12, 2008 @ 12:04:00

    Gracias Querida Roxana; por tan descriptivas palabras, de una a veces dura realidad, no siempre conocida por quienes no vivimos en Israel … Palabras que tiene ademas, el valor de la autenticidad y la fuerza de lo vivido … El proceso de “israelizacion” al que aludes, es sin duda el reflejo del que otros muchos “olim” han venido experimentando desde su llegada a esa Bendita Tierra, y que forma parte de la necesaria adaptacion a un entorno y una realidad nueva, por medio de la cual se activa el sentimiento de “pertenencia” y la plena conciencia de ciudadaniá israeli, con todo lo que ello conlleva … “Todá Rabá” pues, por compartirnos tan emotivo y entrañable “retrato” … Shalom.

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