El “efecto soldado” en la sociedad israelí

Desde que llegué al país me ha llamado mucho la atención el trato y la deferencia que tiene la gente, en general, hacia los soldados.

Es que realmente enternece verlos cargar esos bolsos enormes, los ojos chiquititos y lagañosos, subiendo a buses y trenes, en larguísimos viajes en los que sólo se dedican a dormir. Pero dormir como sólo un soldado lo puede hacer.

Cierta vez iba en el tren desde Beer Sheva (en el sur, bien al sur) hacia Tel Aviv y había muchos, muchísimos soldados. Algunos en los asientos y otros, sencillamente en el piso, durmiendo. Uno de ellos tenía la cabeza apoyada sobre su mochila, el cuerpo acurrucado en un rincón del vagón y el celular pegadito a una de sus orejas. El teléfono comenzó a sonar, con una estridente melodía jasídica, cantada y todo, y el soldadito… nada. Una vez y otra vez y otra más, y el bello durmiente… nada!

Alguien debía estar más que preocupado por él, ya que la insistencia era terrible, pero el pobre no reaccionaba.

Y la gente, lejos de enojarse o protestar (como lo harían, en general, los israelíes en cualquier otra circunstancia), se limitaba a observarlo con una expresión de pena, comprensión y ternura.

 

“Love Story” en el supermercado

Una de las cosas más difíciles que puede haber en este país es hacer las compras los jueves por la noche. Aunque más difícil, casi imposible, es el viernes a la mañana. Y totalmente imposible, una locura total, el viernes al mediodía. La gente enloquece porque todo se cierra cerca de las dos de la tarde y compran (ejem, compramos) comida como para alimentar a un batallón durante un mes.

Un viernes al mediodía estaba yo en el supermercado (no por valiente sino por inconsciente, por haber dejado las compras para último momento), en medio de la maraña de gente apurada y con muy, muy poca paciencia. Llegué a la caja y alguno ya empezaba a refunfuñar, porque no soy especialmente rápida para acomodar los productos en las bolsas… cuando de pronto llegó mi hijo mayor, Uri, que venía de la base. Todos lo vimos bajar las escaleras que se ven desde adentro del supermercado y – con su uniforme y todos los chirimbolos que lleva en la camisa – hacer su entrada triunfal. Sin darme cuenta dije en voz alta: “¡Ése es mi hijo!”

De pronto, todo pareció haberse congelado. Uri llegó hasta la caja y ante la mirada de todos me abrazó, me dio unos besos atrasados de un par de semanas y nos saludamos largamente. “Cómo te fue, tenés hambre, me compraste lo que te encargué desde la base, mejor me voy a dormir primero y después como algo”, etc, etc, etc. Y así, todo un diálogo.

Lejos de enojarse o ponerse de malhumor, la gente miraba, casi con lágrimas en los ojos. Me dí vuelta y me disculpé por la tardanza – aunque la sonrisa me llegaba de una oreja a la otra – pero todos me respondían que por favor, faltaba más, ningún problema…

Salimos de allí casi como dos héroes, mientras la gente nos veía pasar y nos saludaba.

 

Hasta el gasista se solidariza

Hace unos días, así, de pronto, en mi casa dejó de funcionar la cocina. Sólo podíamos usar el horno, que es eléctrico, y el asunto estaba bastante incómodo.

Llamé a un técnico, de esos que cobran más que los médicos y tardan más que la grúa en llegar, pero resultó ser que la cocina no tenía nada. El problema estaba en el gas.

Lo primero que hice fue revisar las últimas facturas, para ver si había pagado o si la empresa que nos suministra el gas de nuestra cocina se había cansado de esperar. Pero no, todo estaba en regla. Llamé a la empresa. Después de hacer 853 llamados, a la central, a la filial, a la división reparaciones y a no sé quién más, me prometieron que el técnico vendría el martes. Obviamente, no apareció.

El miércoles, otros tantos llamados. Rogué, supliqué, me enojé e hice algunos pucheros, y me lo prometieron para el miércoles. Obviamente, no apareció.

El jueves – ayer – a la nochecita, decidí cambiar de estrategia y se me ocurrió utilizar el “efecto soldado”. Llamé al señor Avigdor, que era el último en la línea de llamados y le dije: “tengo un hijo que es soldado combatiente y mañana viene a casa por el fin de semana, después de tres semanas. ¿No le parece que yo le tengo que cocinar algo?”

Avigdor soltó una risita avergonzada y dijo: “POR SUPUESTO. Yo me voy a ocupar”.

Esta mañana bien temprano vinieron a arreglar el gas. El técnico me explicó que lo había mandado especialmente Avigdor, se disculpó por haberse demorado tanto, y me preguntó por mi hijo el soldado, que en qué base está, cada cuánto viene a casa y si piensa quedarse en el ejército y hacer carrera.

Y ahora, ya no tengo excusas. Me voy a cocinar…

 

 

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7 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Eliseo
    Nov 21, 2008 @ 18:06:27

    De todo punto comprensible me parece ese “fervor afectivo” haciá los soldados, por cuanto representa su contribucion en la seguridad de Israel, y por lo que supone la misma, para esos jovenes, sujetos a determinadas obligaciones no siempre gratas, y arriesgando sus vidas en un conflicto que parece no tener fin … En ellos advertimos la presencia de “nuestros” hermanos, hijos ó amigos, comprometidos tambien con la misma causa, y ante lo cual todo lo demas se antoja irrelevante, y facilmente “disculpable” …

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  2. Mariana
    Nov 21, 2008 @ 18:23:56

    Veo a los soldados que son nenes, en los colectivos y trenes durmiendo como si no pudieran parar. Es increíble, como también el trato que les da la gente.
    Tendría que haber alguna forma de hacer que ninguno se quede afuera de un colectivo cuando está lleno. Siempre están nerviosos cuando van a la base, porque tienen miedo de llegar tarde. Muy linda la nota

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  3. Pedro
    Nov 25, 2008 @ 02:14:00

    Emocionante. Muy emocionante. Dale por favor un fuerte abrazo de mi parte a tú hijo y con el a todos y todas los que arriesgan su vida en defensa del derecho de Israel a existir. Desde la vieja Sefarad. Shalom

    Responder

  4. Patricia
    Nov 26, 2008 @ 23:58:42

    Tenia que ser mi ahijado tu musa para unos posts tan lindos!

    Besos a los cuatro.

    p.

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  5. Harry
    Dic 28, 2008 @ 16:23:34

    Pensar que o le cambié pañales al Comandante Uriel.

    Muy buena la nota.

    Jazak vematz.

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  6. xavier
    Abr 09, 2009 @ 00:43:41

    Hola amiga, esta muy bueno lo que escribe, un fuerte abrazo a su hijo y les deseo muchas bendiciones. Amiga, estoy pronto a viajar a Israel pues tengo familia alla y me han invitado, desde niño siempre quice viajar a esa tierra pues me parece un lugar magico sobretodo para mi que soy muy apegado a las escrituras biblicas. Siempre quice ser soldado como mi abuelo, el lucho en la guerra del 1941 para defender a mi pais Ecuador y vivo orgulloso de el, cuando viaje a Israel lo primero que hare sera saber si podria entrar al IDF y hacer una carrera militar, bueno tengo 29 años y espere me pueda dar sus consejos. Muchas gracias.
    PD: mi mail xavi_chavez@hotmail.com

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  7. Juan
    Sep 24, 2009 @ 04:53:58

    Me intereso muchísimo lo que escribió. Aquí en Argentina, donde vivo, normalmente se trata con bastante rechazo a los soldados (aunque con nuestro pasado… es un poco comprensible pero ideológicamente extremista el trato) que bastante distan de aquellos que empuñaron armas contra el pueblo en la década del 70’/80′. Se ha establecido un desprecio generalizado hacia todo lo que porte uniforme (soy Bombero Voluntario y mi uniforme no me ha abierto ninguna puerta, tal vez me la ha cerrado mas de una vez), ni el lechero se salva. Es simplemente una opinión mía, tal vez se debería ver a la persona dentro del uniforme en vez de la institución a la que representa. Como decía mi “viejo” Infante de Marina que huyo durante el Proceso a raíz de ordenes cuestionables que se le impartieron, y que no voy a escribir: “Gente de m*** hay en todos lados.”

    ¡Cordiales saludos!

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