Bombay, Londres, New York, Madrid, Jerusalem, Buenos Aires…

Cada vez es más la gente afectada por el terrorismo y, quizás por eso, es cada vez menor la consciencia acerca de los estragos que produce, del desgarro que genera, de la destrucción que impone y el dolor que siembra, en términos de seres humanos comunes, que viven sus vidas cotidianas alejados de todo eso, así, como cualquiera de nosotros.

No puedo ocultar el efecto que me produjeron las imágenes que llegaron desde Bombay. Tantos recuerdos, tanta tristeza arrinconada en mi historia personal y familiar…

 

Los papás de Moishi, la mamá de Matías

A principios de este año falleció mi padre, después de algunos meses de internaciones y sufrimientos. Durante esa última etapa, la enfermedad que padecía le provocaba, por momentos, delirios. Y sus delirios eran, exclusivamente, dos. Uno tenía que ver con todo lo que él quería darme, me decía que tenía empresas, fábricas, autos y dinero, y que todo eso era para mí. En medio de la tragedia me arrancaba sonrisas cargadas de ternura.

Su segundo y más recurrente delirio tuvo que ver con los atentados sucedidos en Buenos Aires. Con un dolor profundo que había llevado adentro durante todos estos años y, evidentemente, en el final de sus días hacía eclosión. Con sus miedos y sus pesadillas.

Es que el 17 de marzo de 1992, cuando estalló la embajada de Israel en Buenos Aires, murió mi tía, Graciela Susevich de Levinson. Y dos años después, el 18 de julio de 1994, cuando la sede de la AMIA fue derrumbada en un segundo atentado, murió mi tío, Jaime Plaksin.

 Mi tío Jaime trabajaba en Cultura, era sinónimo de teatro en Idish, de enseñanza de Talmud, de Cábala, de jaime2Torá. Y fueron muchas, muchísimas las personas que se acercaron a la familia tras su muerte, para contar que Jaime los había ayudado, que les había enseñado, que los había aconsejado. Pero él jamás contaba esas cosas, ni mucho menos se vanagloriaba. La fotografía del emisario de Jabad, las afirmaciones y los relatos elogiosos de quienes lo conocieron, me recordaron a mi tío Jaime.

 

 

Las imágenes del caos y la destrucción, el descontrol, las críticas a las autoridades locales, me llevaron otra vez a aquel día en que la representación israelí en Buenos Aires quedó destruida.

Cuando ví al pequeño Moishi transformado en un ícono, un símbolo humano de la tragedia, su imagen me retrotrajo de inmediato a las voces de los cronistas de radio y televisión y a los textos de los diarios que hablaban de Matías – mi primo Matías – a quien nadie logró sacar del espantoso escenario en que se había convertido la embajada, hasta que sacaron a su madre de abajo de los escombros.graciela

El inolvidable grito del periodista de la televisión argentina que dijo: “encontraron a la mamá de Matías” , y siguió adelante con su crónica: “el cuerpo sin vida de Graciela Levinson es retirado del lugar…”

Y la imagen de mi papá – inconfundible, incluso de espaldas – llevándose de ese lugar a mi primo Matías y a mi hermana.

Y las contracciones que se intensificaban y se aceleraban en mi vientre, en el octavo mes de embarazo, en la misma medida y con la misma velocidad con las que se intensificaba el dolor.

 

Una simple expresión de dolor

He escuchado y leído en estos días a decenas de analistas, expertos en terrorismo y política internacional. Pero ésta no es una columna sobre contraterrorismo. No trata siquiera acerca de las generalizaciones que se regenerarán ahora por parte de quienes verán a todo musulmán, árabe o parecido, sin excepción, como portador de un chaleco explosivo y un enemigo despiadado . Ni sobre los musulmanes moderados, cuya voz de repudio no se oye, por el momento. Ni sobre el papel de Irán y su influencia – directa o indirecta – sobre Pakistán.

Ni siquiera sobre cómo debería reaccionar occidente, o cuánto y cómo debe proteger el Estado de Israel a las instituciones judías en el mundo, ni sobre la saña con que los terroristas de Bombay buscaban judíos e israelíes.

Estas palabras son un reflejo de mi necesidad de respuestas, de mi sed de justicia, mi esperanza de un verdadero Nunca Más y mi amor a la vida.Esto que escribo es, en definitiva, una simple y renovada expresión de tristeza y dolor.

 

Fotos: En la primera fotografía, a la derecha, se ve a mi tío, Jaime Plaksin, junto a su esposa, Aída. En la segunda se ve a mi tía, Graciela Levinson, junto a mi padre.

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4 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Eliseo
    Nov 30, 2008 @ 12:01:08

    Querida Roxana; Conmovido me ha dejado el relato que haces, de hechos tan significativos y dolorosos para ti …Como bien señalas, el drama humano supera con creces las cifras estadisticas por elocuentes que estas sean, ya que destras de cada una de ellas, se haya el desamparo de tantas victimas y sus familias, y las vidas para siempre perdidas de tantas otras …¿Como hemos podido llegar a esto?, es la pregunta que nos hacemos siempre en semejantes circunstancias, sin hayar respuesta alguna para la misma, ni consuelo para nuestra desazon… Confiar en un “mañana mejor” suele ser el recurso último al que asirse, sin albergar pese a ello, demasiadas “espectativas” de que los conflictos, etnicos, religiosos, culturales” ó politicos puedan resolverse en términos civilizados, y siempre desde el respeto al valor Supremo de la Vida ….

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  2. Jorge
    Nov 30, 2008 @ 16:10:00

    Emotivo, escalofriante y muy real. Un testimonio que refleja el lado humano de las consencuencias que dejan los terroristas a su paso y como, aunque pase el tiempo, el dolor sigue presente y no afloja. El dolor no se termina para las familias que lo padecieron y todos los demás tenemos que tomar conciencia.

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  3. Jorge Martin
    Nov 30, 2008 @ 19:46:53

    No puedo decir nada, no sé que decir. Sólo se me ocurre mandarle un abrazo, muy fuerte. Me gustaría que la vida se impusiera a esta maldición, a estos malditos.
    Jorge Martin
    (España)

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  4. Alicia Gerszenstein
    Dic 02, 2008 @ 18:51:05

    Cuanto coraje hay en la forma de contar todo lo que pasó y cuanto amor en estas palabras, cuanta verdad y pena. Un abrazo muy grande
    Alicia

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