Mujeres palestinas, rotas y asustadas

Por Ricardo Mir, Xornal.com (A Coruña)

Su tío empezó a violarla cuando tenía seis años. Su abuelo la ataba a un árbol, le pegaba y le daba tierra para comer. Su madrastra la encerraba durante días sin comida en una habitación y, a veces, le forzaba a comer excrementos. Y su padre intentó matarla con un cuchillo tras acusarla de ser una puta. Estos son algunos de los estadios del terror que han marcado la vida de Walla, una mujer palestina de 18 años, que encontró la libertad al entrar en el único centro de acogida para mujeres maltratadas que existe en los territorios palestinos.

Mehwar está a las afueras de Belén y su arquitectura recuerda a la de una cárcel moderna, con muros imponentes, verjas de hierro y una garita de seguridad a la entrada. “Aquí llegan solo los casos más extremos, mujeres que han sufrido abusos durante 10 o 20 años”, explica Naji Ibrahim, directora del centro Mehwar, dependiente de la Autoridad Nacional Palestina. “Llegan rotas y asustadas, con la autoestima bajo cero. Nuestra misión es hacer que se sientan seguras y en casa. Muchas reciben asistencia psicológica y con el tiempo se ponen a estudiar o a trabajar porque, para su reintegración, necesitan ser independientes”, prosigue la directora. Desde su puesta en marcha en marzo del año pasado, 79 mujeres, 19 de ellas con niños, han buscado refugio en el centro.

 

mehwad-centre

Falta de privacidad

La gran mayoría pide ayuda tras sufrir abusos sexuales en el seno de la familia. “Su calvario empieza cuando tienen entre 6 y 11 años. Las viola el padre, el tío o el hermano y los abusos se prolongan durante años”, explica Ibrahim. No existen datos oficiales para medir la incidencia del incesto en Palestina, pero a tenor de los casos registrados por Mehwar, es muy elevado.

La explicación podría estar en la propia idiosincrasia de la sociedad palestina, una sociedad tribal de familias extendidas, donde padres e hijos viven a menudo con sus respectivas familias en una misma vivienda. “En muchas casas no hay prácticamente privacidad, viven todos juntos en espacios reducidos. Algunas comunidades, además, se han convertido en mundos herméticos por las restricciones de movimiento impuestas por Israel”, opina Ibrahim.

Abusos interiorizados

A Mehwar llegan pocos casos de mujeres maltratadas por sus maridos. “Aunque les peguen tres veces al día, ninguna abandona el hogar”, explica la italiana Elena Gentili, trabajadora social de Mehwar. Los abusos están tan interiorizados que, según una encuesta reciente, siete de cada diez mujeres árabe-israelíes –teóricamente más emancipadas que sus vecinas palestinas– no consideran que las bofetadas, los insultos o las humillaciones del marido constituyan casos violencia doméstica.

Las palestinas que no aguantan más se encuentran en un callejón sin salida. No reciben ayuda económica de la Administración, a diferencia de las mujeres israelíes, y socialmente pasan a ser unas apestadas. “Si se van de casa pierden los hijos y la reputación. La gente las considera mujeres indignas”, añade Gentili. Además solo tienen a su disposición dos centros de acogida: Mehwar, en Belén, y otro de emergencia en Jericó, donde la estancia máxima se reduce a un mes.

Hasta hace algún tiempo, explica Gentili, se empleaban también como refugio viviendas particulares, intencionalmente secretas, pero su verdadera naturaleza pasaba enseguida a ser dominio público.

Papel mojado

Las leyes palestinas castigan el incesto y el maltrato, pero sus mecanismos de implementación dejan mucho que desear. Los tribunales tardan años en dictar sentencia y en muchos casos, según los expertos, se absuelve a los maltratadores antes de haber examinado las pruebas. Incluso cuando los culpables acaban en la cárcel, muchos recurren al soborno y tardan muy poco en volver a la calle.

Protegida por los muros de Mehwar, Walla ha recuperado la sonrisa. “Me siento fuerte y ya no tengo miedo. Puedo dormir con la luz apagada y la puerta cerrada porque aquí hay gente que habla conmigo, me da cariño y me protege”, dice mientras una de las trabajadoras sociales del centro la abraza y le acaricia el pelo.

Ha vuelto a estudiar y sueña con ir a la Universidad, pero Walla sabe que su reintegración social no va a ser fácil. “Mucha gente no quiere contratarlas porque piensan que la familia irá a buscarlas. La culpa en esta sociedad patriarcal siempre recae sobre la mujer”, concluye la directora del centro, Naji Ibrahim.

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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Eliseo
    Feb 25, 2009 @ 11:03:31

    Lo primero que se me ocurre decir ante esta informacion, es que pone de manifiesto una vez mas, la doble “moral” utilizada por la sociedad palestina en relacion a las mujeres, en tanto que elemento mas debil y desprotegido de la misma … De un lado nos hayamos ante la rigidez promulgada por el islam, frente a “delitos” de adulterio y promiscuidad (siempre que estos sean cometidos por mujeres) y de otro la puesta en práctica en no pocas ocasiones, de abusos sexuales y de otra naturaleza, por parte de varones (familiares incluidos) hacia las mujeres … Si de escandaloso e inaceptable cabe calificar cualquier tipo de violencia y abusos; de repugnante cabriá tambien hacerlo de la hipócrita y deleznable actitud que consiste en practicar eso mismo que se condena … El desamparo de esas mujeres, simboliza mejor que cualquier otro argumento, el irrespirable “caldo de cultivo” arcaíco, machista y fundamentalista en el que vive inmerso en pueblo palestino, y por extension aquellos otros que tiene en la “shariá” su código de conducta …

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