Aquella conocida mezcla de orgullo y miedo…

“Dejá de mirarme así”, me dijo Lior durante la sencilla pero cálida reunión familiar que hicimos en su honor. Pero la verdad es que yo no podía dejar de mirarlo, tratando de asimilar cuánto creció, que ya es todo un hombre y que, a partir de hoy, es un soldado de Tzahal, las Fuerzas de Defensa de Israel.

Por distintas razones, las cosas no fueron fáciles para Lior. Pero, a lo largo del camino, supo pelear, poner el esfuerzo en aquello que le gusta, ganarse el cariño de todas y cada una de las personas que lo conocen, alcanzar logros y disfrutar. Siempre con una sonrisa, una salida “ocurrente” y graciosa, cariñoso, aunque poco dado a revelar sentimientos.

Hoy, a las 6.40 hs, tomamos juntos el tren. Yo bajé en Tel Aviv, para irme al trabajo, y él siguió hacia el norte, para comenzar este nuevo tiempo de su vida como ciudadano israelí. Con un bolso enorme, cosas ricas y un gran sandwich en la mano, el tren se lo llevó hacia una nueva etapa, y yo me quedé unos minutos parada en la estación, mirándolo alejarse. Con esa sensación ya conocida de sentimientos encontrados.
Deseando con todas mis fuerzas que le vaya bien, que no tenga que vivir experiencias difíciles y que – en todo caso – sepa enfrentarlas y sobreponerse sin que le causen daño. Que lo cuiden y sepa cuidarse y que – a pesar del cansancio que comenzará a acumular a partir de ahora – se sienta tranquilo y satisfecho con lo que le ha tocado.

No puedo dejar de mencionar que, en el caso de Lior, enrolarse al ejército fue una decisión propia. Por una antigua cuestión de salud y en virtud de la burocracia, pudo haberse “salvado”, o cumplir con un período mínimo en calidad de voluntario. Pero hizo uso de toda su determinación, insistió, apeló, hasta lograr su objetivo, y hoy es un soldado como todos.

El menú para cuando Lior vuelva a casa este fin de semana ya está planificado. El lavarropas estará disponible para el nuevo uniforme del que habrá que hacerse cargo, la cama, la leche chocolatada … Muchas ganas de saber cómo le fue, cómo se siente y todo, todo lo que nos quiera contar. Y, por supuesto, muchos mimos y un gigantesco abrazo lleno de amor y de un orgullo inmenso.

Breve reflexión sobre un Pesaj femenino

  Hace unos días tuve oportunidad de leer un artículo de la investigadora Jana Pinjasi acerca de un “Pesaj femenino”. Allí, Pinjasi describe la salida de Egipto, de la esclavitud a la libertad, como el nacimiento del pueblo judío. Un parto.  A partir del momento en que Dios castiga a los egipcios con la última plaga, la muerte de los primogénitos, los judíos deben permanecer en sus casas marcadas con sangre, y de allí – del encierro y la oscuridad – atravesando el agua, se produce el alumbramiento de todo un pueblo. Con Dios como partero, según Pinjasi.

En estos días he reflexionado sobre esta comparación. Evoqué el seder de Pesaj de mi infancia, uno de los recuerdos más hermosos de aquellos días, pero que de femenino sólo tenía las manos que cocinaban y servían.

El hombre mayor de la familia – que para nuestra dicha tenía una voz maravillosa y un humor extraordinario – dirigía el seder. A él le siguieron, con los años, su hijo y nieto. Cuando todos coreábamos con entusiasmo “shuljan orej”, felices porque había llegado por fin el momento de la comida, las tías y primas nos levantábamos a servir la mesa, y por supuesto que también después, a levantarla.Y la que – como yo – intentara hacerse la distraída y pasar desapercibida para que no la tuvieran en cuenta a la hora de repartir la tarea, recibía un buen reto. Nunca me animé a preguntar por qué a los hombres nadie les decía nada.

Y después, a seguir con el seder, como Dios manda.

Observé el seder al que tuve la alegría y el honor de estar invitada, y que realmente disfruté. Pero que de femenino sólo tenía las manos que lavaban la vajilla. Con el comienzo de la festividad, las mujeres encendimos las velas y como la más joven está recién casada, su marido controló atentamente para ver si cumplía con el precepto de manera exacta. Y, como la pobre chica se puso nerviosa y se le confundían las palabras, él se ocupó de recitarle el texto que ella se limitó a repetir.

Por supuesto que en nuestros días son muchos los hombres que trabajan a la par de sus mujeres para recibir a las visitas y comparten el esfuerzo que significa preparar un seder de Pesaj (aunque en algunos casos la tarea compartida se reduzca a contratar el catering) . Pero creo no equivocarme si digo que en ninguna casa , o casi ninguna, un hombre habrá estado a cargo de los preparativos y su mujer de dirigir el seder.

Todo esto no significa que yo esté pensando en hacer, el año que viene, un seder de Pesaj dirigido por las mujeres de la casa. No soy religiosa, pero disfruto de la tradición de Pesaj, de su música, sus aromas, sus colores. Porque forma parte – como dije – de los momentos más bellos de mi infancia. Porque es sinónimo de los días en que estaban todos los que ya no están en mi familia.

Pero Pesaj es la fiesta de la libertad, y de eso se trata, de ser libres para poder vivir nuestra fe y de tener la posibilidad de recrearla.

Por eso pienso que la teoría de Jana Pinjasi, más que un reflejo de la realidad, da cuenta – precisamente – de la necesidad de pertenecer, de sentirse parte. Por el momento, tan solo una utopía.

 

Día Mundial de Lucha Contra la Violencia de Género: El monstruo escondido… en el supermercado

Esta semana se conmemoró en todo el mundo el Día de la Lucha Contra la Violencia de Género. Si bien una variedad de obligaciones y un par de urgencias me impideron escribir justo ese día, no quisiera dejar pasar la fecha.

Al respecto quiero compartir algo que me sucedió hace un par de semanas.

Casi a la hora de cenar, y con todo el cansancio de final de jornada, fui hasta el supermercado que está frente a mi casa para comprar dos o tres cosas de último momento.

Busqué, encontré, y sin mucho trámite me dirigí a la caja rápida.

Cuando me estaba acercando, ya casi estaba saludando a la cajera, un señor me esquivó, se adelantó y se colocó primero, frente a la cajera.

Decidí que no tenía energías para reclamarle y mucho menos para discutir y pensé : “ok, que le aproveche”.

Pero unos segundos después el hombre – que estaba acompañado de una niña de unos 5 años de edad – comenzó a sacar los productos de su carro y eran unos … 150!

Entonces, sin decidirlo, le dije que no sólo me había pasado por alto sino que estaba en la caja rápida, donde se puede pagar hasta 10 productos. El hombre me miró con desprecio y me dijo que evidentemente mi nivel era muy bajo y acababa de bajar mucho más.

Yo le respondí preguntándole si mi comentario era de bajo nivel o su actitud y él me devolvió una frase acerca de “en qué cosas se fija una mujer cuando no es feliz”…

Yo murmuré “qué tonto” (juro que ése fue el término)

El hombre se transformó. De pronto parecía un matón, y se acercó, con el pecho hacia afuera y la cara pegada a la mía y comenzó a gritarme

“- ¿Qué dijiste?”

“- A mí no me vas a insultar, porque yo te voy a reventar a trompadas”

A lo cual respondí

“- A mí no me vas a tocar y si lo hacés voy a llamar a la policía”

Pero el hombre, lejos de amedrentarse levantó su mano derecha y anunció que me iba a dar una cachetada …..

En ese instante la cajera se levantó, me tomó por los hombros y me sacó de allí.

Me llevaron a una oficina y me trajeron una botellita de agua. Alguien me dijo que estaba pálida y yo sentía que todo mi cuerpo temblaba. El hombre siguió sacando los productos de su carro, como si nada.

El encargado del supermercado y la cajera me suplicaron que esperase a que el hombre se hubiera ido para salir de allí y hasta me ofrecieron acompañarme hasta mi casa. Yo llamé por teléfono a mi hijo mediano, Lior, y le pedí que viniera a buscarme

“-Lior, necesito que vengas al supermercado, un tipo me quiere pegar”, le dije

“-¿Quéeeeeeeeee?”, fue la respuesta de Lior, más que asombrado.

A los dos minutos estaba allí y cuando me encontró, temblorosa y pálida, no podía creer lo que le estaba contando.

Esperamos un ratito, terminé mi botella de agua y nos fuimos a casa.

Lior no salía de su asombro, y más tarde, durante la cena, le comentó la anécdota a los hermanos, y dijo en broma: “cuando alguien te llama y te dice: vengan, hay pelea, siempre es un chico de la escuela, pero tu mamá…”

Me quedé pensando en ese hombre, qué hará, cómo será. Cómo se comportará en su casa si así lo hace en público, en el supermercado y por una pavada.

Me quedé pensando en la nena, que lo miraba y esperaba a que su padre termine de amenazar y casi golpear a una mujer desconocida. Seguramente crecerá con la certeza de que así son las cosas, que las mujeres que dicen lo que piensan se arriesgan a recibir una cachetada y ni hablar si se pasa un poco de la raya … cualquier castigo es aceptable.

Y cuando llegó el Día de la Lucha Contra la Violencia de Género me acordé de ese hombre, que parecía un pacífico padre de familia haciendo compras con su hija y de pronto dejó salir al monstruo que escondía dentro. Y en cuántos hombres como ése hay en este mundo, cuántos monstruos violentos se esconden tras la fachada de un pacífico hombre de familia, cuántas mujeres piensan que así son las cosas, y cuántas sufren la humillación, los golpes y el maltrato.

 

 

 

Duele la falta,la injusticia, la impunidad…

Con este título, la prestigiosa periodista Ana Jerozolimski publica en la edición de esta semana del Semanario Hebreo de Uruguay una entrevista, al cumplirse 15 años del atentado contra la sede de la AMIA.
Tuve el honor de ser entrevistada por ella y quiero compartir aquí, con los lectores de mi blog, la nota y mi inmenso agradecimiento a Ana por el recuerdo, por su sensibilidad y solidaridad.

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 DUELE LA FALTA, LA INJUSTICIA, LA IMPUNIDAD …
Roxana Levinson, periodista argentina – israelí en entrevista especial al cumplirse 15 años del atentado contra la AMIA
Su familia fue la única que perdió seres queridos en los dos atentados en Buenos Aires
SEMANARIO HEBREO, MONTEVIDEO, 16 DE JULIO DE 2009

 

 P: Roxana, comento aquì, para que lo lean también nuestros lectores, que cuando me enterè por un colega y amigo común que vos perdiste a dos familiares en los atentados en Buenos Aires, me sorprendì ya que aunque nos conocemos años, no lo sabìa. Se ve que cada uno lleva su paquete a cuestas ¿verdad?

Así es, cada familia, cada persona. Claro que a veces el “paquete” tiene un peso muy grande. En Israel, lamentablemente, hay más de una familia que ha sido alcanzada por la tragedia de dos atentados. Pero en Argentina, sólo la mía, y eso, lejos de ser un privilegio, es una mala jugada del destino. Hasta ahora, tantos años después, me cuesta creer que todo sucedió de esa manera y recuerdo el “no puede ser” con que reaccionó mucha gente cercana a nosotros al enterarse.

 

P: En el emotivo texto en tu blog que reproducimos aquí en este número, ya has hecho referencia a cómo viviste esas pèrdidas personales. ¿Podrìas compartir con nosotros algo màs al respecto,còmo te enteraste, y claro está que me refiero a lo personal, màs allà del hecho que había habido atentados, lo cual por cierto salió en los noticieros?

Mi situación respecto de los atentados fue bastante particular. En las dos ocasiones yo estaba embarazada. La primera vez me encontraba en Paraguay, y estaba a cargo del Departamento de Prensa de la Embajada de Israel, en Asunción. El efecto fue instantáneo. De inmediato comenzaron las contracciones y los días que siguieron a la explosión – los de la búsqueda – fueron muy muy difíciles, una pesadilla. Además, me desesperaba saber que no podía moverme de donde estaba, tomar un avión y estar con mi familia en esos momentos tan terribles porque, con toda razón, el médico me lo había prohibido. El nacimiento de Lior   se produjo pocos días después – antes de lo previsto y con dificultades – y también en ese momento la situación fue extraña. Al día siguiente del sepelio de mi tía Graciela, mi mamá llegó a Asunción para ayudar y acompañarnos. Poco después llegaron los demás, incluido mi primo Matías – el hijo mayor de Graciela – al Brit Milá (circuncisión) de Lior y nos dio, a todos, una lección de vida.
Cuando se produjo el atentado a la AMIA yo estaba en Buenos Aires y estaba por nacer Micaela, la más pequeña de mi trío. Mucho tiempo después se me ocurrió pensar que quizás por eso, por haber estado en Buenos Aires y cerca de la familia, el embarazo llegó a término y Mica nació sin problemas. Pero en esa ocasión me enfrenté a una realidad que la primera vez sólo había visto en los noticieros. Lo que ví, olí y sentí en la calle Pasteur no podré olvidarlo nunca. Caminé alrededor de lo que había sido el edificio de la AMIA pocos minutos después de la explosión preguntándole a toda persona conocida que me cruzaba si había visto a mi tío Jaime. Sólo más tarde me dí cuenta que yo lo buscaba entre los vivos, entre quienes daban vueltas en medio de esa confusión y ese infierno y no en alguna lista. Eso llegó después. Me acerqué a un teléfono público y esperé en la fila. Un desconocido me ofreció su celular y así recibí la noticia. Y a partir de ese instante no r cuerdo nada, como si alguien le hubiese quitado una escena a mi película. Que, desgraciadamente, era real. Mi memoria se niega a registrar qué sucedió hasta que por fin me encontré con mi papá, nos abrazamos y lloramos.

 

P: En tu caso, argentina-israelì, habrá sido extraño , supongo , recibir noticias sobre una tragedia personal, cuando de hecho vos misma vivìs hace años en un país como Israel que sufre tanto el flagelo del terrorismo…¿Se mezclan ambas realidades?

Por momentos se mezclan, te hacen sentir parte de esa gran familia que aquí se denomina “mishpajat hashjol”, la familia del duelo, pero es evidente que cada uno tiene su propio duelo, su dolor único e irrepetible. Es como haber pagado el precio de pertenecer a este pueblo, el precio más alto que se puede pagar, la vida de un ser querido. Y, a partir del momento en que la vida te convierte en protagonisita involuntario  de algo tan inentendible como un atentado terrorista, comenzás a ver las cosas de otra manera. Cuando escuchas o lees las noticias acerca de un soldado caído, una mujer muerta en un ataque terrorista, etc, etc, de inmediato piensas en los sentimientos de sus familiares, de las personas que a partir de ese instante comenzarán a sentir la falta, la tremenda necesidad de un abrazo, una palabra, un contacto que ya nunca volverá a suceder.

 

P: ¿Cómo vivió la familia esas muertes? Contame un poco màs de tu tìa y tu tìo, las víctimas…

Para la familia, como toda familia que vive este tipo de tremendas experiencias, fue primero y ante todo un shock muy grande y después un inmenso dolor, tristeza, rabia. Estados y sensaciones distintas y cambiantes.

 Mi tía Graciela y mi tío Jaime son para mí, cada uno a su manera y con su estilo, símbolo de los años más felices de mi infancia y adolescencia. Con ellos compartí cosas muy especiales. Mi tía Graciela era una luchadora. Siempre con una sonrisa en la cara, muy sociable y conversadora. Nadie podía adivinar cuántas dificultades enfrentaba y cómo su amor por la familia la empujaba a seguir adelante. Para mí fue la “tía joven” que me dio consejos inolvidables, que tocaba la guitarra en mis fiestas de cumpleaños, que inventaba juegos y disfraces para todos los primos y con quien compartía la pasión por los crucigramas y los juegos de palabras.
Mi tío Jaime era un maestro, en todo el sentido de la palabra. Enseñaba hebreo, historia judía, Cábala, y tenía una inmensa capacidad de transmitir, junto a un amor incansable por la cultura judía y la docencia. Pero yo lo recuerdo como el tío de las ocurrencias más alocadas, divertido, imprevisible. Un padre siempre acompañando y apoyando a sus hijos, un hombre con quien conversar resultaba siempre placentero. El que había inventado un saludo especial para mí e inventaba palabras y sobrenombres. Pero, además – como recuerdo que dijo su hija, Sandra – era el hombre de la palabra justa, de la respuesta adecuada. Cuando sucedió el atentado, Sandra decía que seguramente él tendría la respuesta a lo que nos estaba pasando…

 

P: Sabemos bien de nuestra cobertura y vida diaria en Israel, que los atentados son tragedia  y titular durante unos días  , pero que después, sòlo los familiares de duelo quedan con esa terrible carga para siempre….¿Còmo lo vivió tu familia desde adentro?

Incluso dentro de la familia hubo reacciones diferentes. Hubo quien salió a manifestar, a participar en actos, homenajes, reclamos, y a veces a encabezarlos. Hubo quien debió salir de su mundo pequeño y privado, el mundo familiar en el que vivía, para estar de pronto frente a cientos o miles de personas dando un discurso, hablando frente a cámaras. Hubo quien se encerró y se refugió en el dolor. Yo fui de las que optó por participar, estar, gritar y reclamar todo lo posible. También usé las herramientas de mi profesión en esto, a pesar de que me trajo no pocas dificultades. Así sentía que al menos estaba haciendo algo que, si bien no traería a mis seres queridos de vuelta a la vida ni devolvería la alegría y el bullicio que solía caracterizar a mi familia,  yo sentía como un deber, un compromiso, un legado. Aquí, en Israel, he tratado cada año de señalar la fecha de alguna manera. Participo en el acto que se realiza en la ciudad de Beer Sheva y esta vez también estaré en Kiryat Yam, en el norte. He publicado notas en los diarios israelíes Maariv y Haaretz y en el periódico local de mi ciudad, y cada año me ocupo de recordarle la fecha a los responsables en las radios Kol Israel y Galei Tzahal.  Mi hijo mediano, Lior, este año dio una “clase” en el colegio secundario donde estudia, en Modiín, en Iom Hazicarón (Día de Recuerdo de los Caídos en Guerras y Atentados de Israel). Llevó fotos, relató y explicó, y provocó gran impacto y emoción.
Cada uno en la familia reaccionó a su manera, pero fue como si- a partir de los atentados –  algo se hubiese desmembrado, como si se hubiese roto el eje. Todos tenemos una herida que no cicatriza y un dolor que compartimos. Y, obviamente, ya no somos los mismos.

 

P: Al cumplirse 15 años del atentado ¿què es lo que màs duele? ¿La impunidad?

Duele la ausencia, duele la falta, la injusticia, el manoseo, la indiferencia. Y, por supuesto, la impunidad.  Duele que le duela a tan pocos. La sensación de que en algún lugar alguien disfruta y se ríe de nuestro dolor compartido, y del de cada uno. Duele no volver  a hacer crucigramas con mi tía Graciela, que no vio a sus hijos casados, que no pudo conocer a ninguno de sus nietos, que hace tanto ya que no organiza una de sus reuniones espontáneas con “lo que hay en la heladera”, sólo como  excusa para juntar a toda la familia.
Y duele saber que ya no volveremos a escuchar la risa estridente y contagiosa de mi tío Jaime,  que no envejecerá junto a la mujer con la que decidió compartir su amor y su vida, que ya no será el gran e incondicional apoyo que siempre fue para sus hijos, que ya no volverá a enseñar… Duele por él, y por cada uno de los que, como él, habían ido ingenua y desprevenidamente a trabajar, a hacer un trámite, a cumplir con la rutina de sus vidas cotidianas. Duele porque ellos sólo querían vivir y tenían derecho a vivir. Y hoy en día, tanto ellos como nosotros, tenemos derecho a tantas respuestas pendientes, a verdad y justicia.

Un gran manicomio

Este país es un gran manicomio.
Son las ocho y media de la mañana, estoy sentada en la estación del autobús que me llevará de Modiín a Jerusalem, y pasan personas que van rumbo a sus lugares de trabajo… disfrazadas.
Acaba de pasar un hombre, bien vestido, con maletín,  y un gorro de puercoespín colorinche en la cabeza. Una mujer manejando su auto mientras parece que habla sola – está hablando por su celular en altavoz, como todos los israelíes – y lleva en su cabeza una peluca y un sombrero con plumas.

Anoche volví desde Tel Aviv y subió al autobús un grupo de jóvenes con disfraces más que originales. Uno de ellos era un pulpo, que tuvo que sacarse los “brazos” para poder subir y, como tenía un cuerpo de cartón engancahdo con alambre y muy bien pintado, debió quedarse parado durante todo el viaje.

Hace un mes estábamos en guerra, no tenemos gobierno, Guilad Shalit sigue secuestrado, hay desempleo y crisis económica, no sólo acá sino en todo el mundo. Los misiles Kassam no dejan de caer. Los iraníes nos advierten día por medio que nos borrarán del mapa y en todo el planeta cada vez hay más voluntarios para cumplir con esa misión. Y algún que otro etcétera (de los de todos, de los de cada uno).

Pero hoy es Purim y hay que festejar, hay que hacer un paréntesis para la alegría y hasta para una buena borrachera (sólo para cumplir con el precepto, claro está).

Y a pesar de todo, la gente baila – cada uno con su estilo, su gusto y su ritmo – canta, se libera un poco y se da un respiro.

Desde que llegué a Israel me siento a gusto, estoy en casa.

Lo dicho, este país es un gran manicomio. Será por eso que lo quiero tanto…

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Mi hija menor, Mica, en este Purim.

¡¡¡¡¡JAG SAMEAJ!!!!

Mujeres y fútbol en la ciudad de Tel Aviv

Ayer, señoras y señores, hubo “Derby” en el Estadio Bloomfield de Tel Aviv. Se jugó el clásico de la ciudad: Macabi Tel Aviv (de azul y amarillo) Vs HaPoel Tel Aviv (de rojo y algo de blanco). HaPoel Tel Aviv pasó a los octavos de final del Nacional, y yo estuve allí. Una más de las no pocas mujeres presentes en el estadio – aunque todavía somos minoría – a pesar del frío, el viento y un poco de lluvia.

No soy una gran entendida en fútbol, sólo me gusta, me divierte y me alegra. Quizás fue por las ganas y la necesidad de tener un lenguaje común con mis hijos varones, por las largas sesiones a las que me sometía Uri cuando era pequeñito, en las que me contaba – con lujo de detalles y sin permitir que desviara la mirada ni por un instante – los partidos que jugaba en los recreos y en la escuelita de fútbol. Quizás porque Lior nos hacía parar a cada uno de los miembros de la familia aproximadamente una hora y media para que él nos tirara penales.  O por las veces que me preguntaron su edad en las plazas y parques, admirados por su precoz y notable  talento futbolístico.

 Como decía, no soy una gran entendida, y tampoco quiero sonar altanera, pero hay detalles que no se me escapan. Hasta donde yo sé, los jugadores deben patear la pelota hacia el arco contrario, subir, atacar, contraatacar. Desde que llegué al país y empecé a ver partidos de fútbol me llama la atención la costumbre – y me crispa bastante los nervios – de los jugadores israelíes de jugar “para atrás”, a la defensa propia, al arquero… Y no me queda claro por qué, ni para qué.  De vez en cuando está bien, pero taaanto…

Otra actitud llamativa es la que tienen muchos – e incluso la observé ayer en los jugadores de Hapoel, el equipo israelí que adopté a falta de River – de recibir la pelota y no saber qué hacer con ella, para dónde tirarla ni a quién. Y es así como cortan el ritmo y la continuidad de jugadas que empiezan bien y se van diluyendo.

Cuando el arquero se pasea por el centro de la cancha

Anoche, en el minuto 31 Maharan Lala, de HaPoel, marcó el primer gol, “cocinado” por uno de los mejores jugadores que me pareció haber visto ayer sobre el césped,  Dimitar Telkiyski. El brasileño Douglas Da Silva también tuvo algo que ver. Eso, más un par de piruetas con las piernas, fue lo único decente que hizo durante los casi 95 minutos de juego. Pero el entrenador, Eli Gutman, decidió dejarlo hasta el final y en cambio sacó a Telkiyski. Desde la tribuna, los “aficionados”, le comunicaron que no estaban de acuerdo.

En el minuto 91 la tribuna de HaPoel  estallaba de los nervios. “No sea cosa que nos metan un gol justo ahora”… decía más de uno. La verdad es que hacía frío y nadie tenia ánimos para seguir soportando semejante partido. Los jugadores de HaPoel jugaban bastante mal, pero por suerte los de Macabi lo hacían peor. Y se perdieron varios goles.

 Yo tuve muchas ganas de cantar “la hora referí”, pero no me la sé en hebreo. 

Y en ese momento sucedió algo inesperado:  Vincent  Enyeama, el arquero de HaPoel y a mi modesto entender el héroe de la noche, sorprendió a propios y ajenos. Todos los jugadores de Macabi Tel Aviv estaban en el área de HaPoel, en un desesperado intento por lograr un empate de último momento, esperando el saque de Enyeama.

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 Y Enyeama – Vincent para los amigos – le pasó la pelota elegantemente y con la mano a Samuel Yeboah, que estaba solito en el mediocampo, frente al arquero de Macabi, Dragoslav Jevrić (léanlo en voz alta si son machos), que ni siquiera tuvo tiempo de acomodarse en el arco, cuando la pelota entró, tranquilita ella, marcando el segundo gol y sellando el triunfo de HaPoel.

Nunca le preguntes sobre fútbol a una mujer

El ambiente es muy particular en un estadio de fútbol en Israel y en la ciudad de Tel Aviv. Claro que no se parece a un Betar Ierushalaim contra Bnei Sajnin, pero tampoco a un Boca-River, o un Peñarol-Nacional, o cualquier otro clásico. Todo es mucho más suave, más familiar y delicado. Incluso en la 5, la tribuna donde están los más fanáticos, los más ruidosos, había un par de muchachos con el torso desnudo, un bombo que sonaba cada tanto y muchos cantitos. Pero nada demasiado alocado. Se veía folklórico y hasta sonaba afinado.

72829738nn8En la tribuna donde yo estaba todos nos hicimos amigos. Nos convidábamos semillitas de girasol y conversábamos animadamente en los tramos más aburridos del partido. Una chica estudiaba para un examen de la universidad y los de alrededor le deseaban que tuviera más suerte que Macabi.

En esta renovada experiencia de ir al estadio de fútbol en Tel Aviv, he descubierto un par de cosas.

En primer lugar he observado que un hombre jamás le consulta algo sobre fútbol a una mujer. En  cierto momento, en el extremo opuesto hubo una jugada interesante, hasta que la pelota terminó yéndose a cualquier lado. Mi vecino de la derecha preguntó quién había pateado, y yo dije: “Badir”. El hombre volvió a preguntar quién pateó, y yo le dije un poquito más fuerte (bueno, un poco más que un poquito, aunque era obvio que me había escuchado) que Walid Badir. Entonces el tipo le gritó al que estaba a mi izquierda: “Iosi, ¿quién pateó?”, a lo cual Iosi respondió: “Badir, creo…” Y el otro se sonrojó un poquito y dejó de preguntar.

Por otra parte, así como los inmigrantes no podemos contar o hacer operaciones matemáticas en hebreo sino sólo en la lengua materna, he llegado a la conclusión de que los insultos, al menos en el estadio de fútbol y en noche de Derby,  sólo me salen en castellano.

Trabajando en día de elecciones

Una vez más, pasó, uno de esos días en que todo lo que es complicado puede serlo mucho más.

A pesar de la tecnología y sus vericuetos cada vez más indescifrables pude realizar mi trabajo de cobertura para el canal Intereconomía, para el que trabajo. Después vinieron la lluvia, el frío y el granizo, cosa de terminar de complicar la situación.

Pero, a pesar de todo y en algún  momento de la jornada, preparé un pequeño informe para el programa de radio de mi amigo Claudio, o más formalmente hablando Claudio Goldman, conductor del programa de radio “Emet, la Verdad de la Gente”, que se emite en la radio FM Flores de Buenos Aires.

Y aquí está, lo comparto…

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