¿Hacia dónde nos llevan los autobuses “Kosher”?

 

 

 Algunos historiadores aseguran que en la Edad Media se discutió si la mujer tiene alma. Aquí, en Israel, por estos días, se discute la legalidad de los autobuses “kosher mehadrin”, o sea autobuses en los cuales los hombres viajan en la parte delantera y las mujeres, atrás … sólo atrás. Se evalúa, en realidad, la posibilidad de institucionalizar la discriminación.

 Es sabido que algunas instituciones y personas particulares, recurrieron a la justicia para intentar frenar lo que consideran un abuso de poder, humillación, discriminación y violación de los derechos más básicos de las mujeres. Y, por esas cosas de la justicia, nuestro ministro de Transporte, Israel Katz, (que quién sabe cuándo habrá subido a un autobús por última vez) debió expresarse.

 Y el hombre dijo, muy serio, que está a favor de la separación entre hombres y mujeres en esas líneas de transporte, pero que ésta debe hacerse en forma voluntaria. También aseguró – y no, no estaba bromeando – que hay que poner un cartel que indique que la separación no es obligatoria. Lo cual refuerza mi teoría de que el funcionario no sólo no viaja en autobús desde la época de la secundaria, sino que además no tiene idea de cuál es la realidad en la que viven y viajan las mujeres en el mundo ortodoxo. ¿O será que sabe y no le interesa? ¿O será que le interesa pero menos que sus propios intereses?

 En este mismo blog escribí, hace un tiempo, una nota sobre el trato que recibí en más de una ocasión al subir a un autobus en el que había religiosos ortodoxos. Y ni siquiera se trataba de los autobuses kosher mehadrin… Algunas de las mujeres que presentaron la demanda contra esta medida relataron situaciones similares, y aún peores.

 Pero, más allá de las anécdotas, toda esta situación – a mi entender – plantea algunas preguntas más profundas. Preguntas cuyas respuestas, muy probablemente, determinen nuestro futuro como país y como sociedad.

 

 ¿Tolerancia a las minorías o el fin de los valores democráticos?

 Cuando se conoció públicamente la opinión emitida por el ministro Katz, uno de los representantes de la comunidad ortodoxa que encabeza la lucha por la institucionalización de las líneas “kosher mehadrin” dijo que estaban “muy satisfechos porque el ministro reconoce y respeta las necesidades especiales del público ortodoxo”. Y, en este punto, cabe la pregunta: ¿Estamos ante un caso de respeto hacia las costumbres y la cultura de una minoría que vive en nuestro país o de un “permiso oficial para discriminar”?

 Si bien es cierto que toda democracia debe respetar y hacer respetar las culturas minoritarias que viven en ella, también lo es – y en igual medida – que hay valores universales que están por encima. Toda democracia tiene que poder garantizar el cumplimiento de sus valores básicos – derechos humanos y derechos civiles, como por ejemplo la libertad – siguiendo una escala de valores que no puede adaptarse a las circunstancias. No a la cantidad de votos que esa minoría provea al gobierno, no a la coacción comercial y a las medidas que suelen tomar los ortodoxos de dejar masivamente de comprar en tal o cual cadena de negocios, empresa de servicios, etc,etc.

 La libertad, el derecho a no ser discriminado por sexo o por lo que fuera, son valores que superan “las necesidades particulares” de cualquier minoría.

 Más de uno me dirá que a las mujeres ortodoxas nadie las obliga a viajar en la parte trasera del autobus, que viven como viven porque quieren y porque así lo deciden, en base a la educación que recibieron.

 Suponiendo que esto realmente sea así, aquí entra en juego otro principio. El hecho de que se separe a las mujeres de los hombres en un autobus es, en sí mismo discriminación de género.

 Hay valores básicos – insisto, derechos humanos y derechos civiles – que ninguna democracia está dispuesta a resignar , aunque la víctima sí lo esté. O dicho de otra manera: aunque la mujer esté dispuesta a ser discriminada y a que sus derechos no sean respetados, el Estado tiene el derecho y el deber de intervenir para evitar tal discriminación o frenarla, para evitar que sus principios y valores democráticos fundamentales sean pisoteados junto con la dignidad de las mujeres.

 Si un trabajador aceptara, por el motivo que fuese, ser esclavo, el Estado no podría permitirlo. Incluso aunque él insista y asegure que lo hace por propia voluntad, que nadie lo ha obligado.

 Y, justamente por eso, resulta preocupante lo que ha dicho nuestro ministro de Transporte…

 

Viajar en la parte de atrás es más barato

 Más allá del hecho – inexplicable por cierto – de que viajar en autobuses Kosher es más barato (sí, sí, el boleto es más barato que en los demás), no hay que olvidar que se trata de transporte público, subsidiado por el Estado, ese al que todos nosotros le pagamos nuestros impuestos.

 Y precisamente a esto se refirió el juez Michael Jeshin, ex miembro de la Corte Suprema de Israel, a quien escuché decir hace unos días lo siguiente: “si los ortodoxos quieren que las mujeres viajen en el baúl o sobre el techo de los autobuses, yo no tengo inconveniente … pero no tengo por qué subvencionarlo con mis impuestos.

 Lo único que puedo decir al respecto es que yo tampoco pago impuestos para eso.

 

De Rosa Parks a Rosa … la de la línea 1 que circula por Jerusalem

 ¿Alguien recuerda a Rosa Parks? La activista por los derechos civiles que – en Montgomery, Alabama, en el año 1955 – fue arrestada por negarse a cederle el asiento a un hombre de raza blanca en un autobus público. En aquellos tiempos, la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos sentenció que “el hecho mismo de la separación en un autobus constituye discriminación y humillación y es contraria a la Constitución Nacional”.

 La separación entre hombres y mujeres en los autobuses me recuerda otras segregaciones, abusos y discriminaciones que hemos visto y repudiado a lo largo de la historia. Hacia allí nos conducen – sin paradas intermedias y a precio subsidiado – los autobuses Kosher.

 

 

Fuentes y autores consultados: Moshe Negvi, Dr. Avi Sagui, Rajel Azaria, Einat Horvitz. Ynet, Haredim, Sentencias de la Corte Suprema de los EEUU, Centro de Pluralismo Judío.

 

 

 

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¿A quién le importan las mujeres afganas?

El pasado primero de abril , el presidente de Afganistán – Ahmid Karzai – le puso la firma a una ley denominada “Ley para el Estatus Personal Chií”, destinada a regular aspectos de la vida privada de la población chiita , que representa aproximadamente el 15% de la predominantemente sunita población de Afganistán.

La ley, por ejemplo, prohíbe a las mujeres afganas negarse a mantener relaciones sexuales con sus maridos a menos que estén enfermas, y las obliga a llevar maquillaje si el marido así lo prefiere. Además, niega a las chiíes el derecho de salir de sus casas excepto para propósitos “legítimos” o en caso de emergencia, les prohíbe trabajar o recibir educación sin el permiso de sus maridos, les niega la custodia de sus hijos en caso de divorcio y desconoce el derecho de las viudas a heredar los bienes de sus esposos.voodoo2016_4

La nueva legislación no provocó, como se podría esperar, una ola de reacciones empujada por fuertes vientos de indignación y furia. Sólo una suave brisa, que acompañó las quejas de algunos organismos de derechos humanos e incluso de la ONU. No hubo protestas en las calles de países occidentales y civilizados – cual si alguien hubiese dibujado una caricatura de Mahoma o si Israel hubiese decidido una acción militar en Gaza – sino una serie de pálidas declaraciones de funcionarios de turno que se limitaron a expresar que se trata de “un retroceso en las libertades conseguidas después que fuera derrocado el régimen talibán”.

La Agencia de la ONU para las Mujeres (UNIFEM) – sí, sí, existe tal cosa – manifestó su “preocupación por el impacto potencial de esta ley sobre las mujeres afganas”.  Por su parte, la diputada afgana Shinkai Karokhail fue de las pocas que se pronunció en contra y aseguró que esta legislación “aumentará la brutalidad que se ejerce en las vidas de las mujeres”.

taliban_execution2De todos modos, la polémica fue suficiente como para que el gobierno afgano frenara la publicación de la ley, que implicaría su inmediata entrada en vigencia. Pero no se trata de una anulación, sino de una suspensión,mientras el ministerio de Justicia “trabaja  en la ley y en los artículos que resultan problemáticos”.

Claro que, si en las calles de Madrid, Londres e incluso Buenos Aires, hubiera protestas en defensa de las mujeres afganas, quizás el presidente Karzai se habría dado cuenta – o algún asesor le habría explicado – que las relaciones sexuales de un matrimonio, la manera como se manifiesta el amor, la pasión, o bien el desamor o la rutina, se encuentran en el terreno de la intimidad y nadie tiene derecho a legislarla. Que la cantidad de veces que una mujer sale de su casa o para qué depende exclusivamente de ella, de sus gustos, necesidades y decisiones y no hay ley que pueda obligarla a quedarse eternamente entre cuatro paredes.

Que una mujer no es una mascota doméstica que el hombre cria para que mueva la cola a su llegada, y que si ha vivido con él – y lo ha soportado, o se han amado, se han soportado mutuamente o como sea – tiene derecho a heredarlo y nadie puede despojarla de lo que le pertenece. 

A nadie escapa que el presidente Ahmid Karzai, de cara a unas cercanas elecciones en las que depende del apoyo de los grupos más fundamentalistas, está jugando un juego político tan astuto como detestable. Pero, resulta evidente también, que la clase gobernante de Afgansitán sabe perfectamente cuánto le importan al mundo “civilizado” de sus mujeres y quizás incluso hayan calculado cuánto tiempo deben dejar pasar para que las declaraciones y la polémica se diluyan y ellos puedan – como tantas otras veces – promulgar esta nueva y bárbara legislación y continuar poniéndola en práctica.

A “esa mujer” la política israelí le queda grande

Las elecciones generales se acercan, ya están a la vuelta de la esquina. Y a dos semanas del gran acontecimiento, sólo el 65% de los israelíes con derecho a votar están seguros de que lo harán. Un 13% ya ha decidido no sufragar , un 5% piensa que no lo hará y el 17% “cree” que votará.

¿Los motivos? Un 35% de los encuestados respondió que está “harto” de los candidatos, que siempre son los mismos.

Es evidente que no hay grandes novedades en la oferta electoral actual, sólo Tzipi Livni, la candidata del partido Kadima, se estrena en su postulación a primera ministra.    Pero tiene un gran inconveniente – a los efectos de poder resultar electa por la sociedad israelí – es mujer.

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Basta observar la campaña proselitista que está llevando a cabo el Likud contra “esa mujer”, en la que pretende mostrar las contradicciones de Livni, que – sin entrar a juzgar si son o no ciertas – pone en evidencia su condición femenina. El Likud afirma que la primera magistratura “le queda grande” y yo concluyo que jamás habrían ideado semejante campaña si Livni fuese hombre.

Hace unos pocos días finalizó la guerra, el operativo “Plomo Fundido”, como se ha dado en llamar. Y si bien el gobierno lo ha presentado como un triunfo, sólo Tzipi Livni se ha visto en la necesidad de tener tzipi-livnique explicar que ella también estuvo allí. Que fue exactamente un tercio del terceto que tomó las decisiones, que muchas de ellas fueron tomadas en base a sus propuestas y criterios … en fin, que también entiende del asunto. Es que Tzipi Livni – si bien ha trabajado en el Mossad – nunca manejó un tanque, ni disparó obuses, no planeó estrategias ni movilizó tropas. Y eso la deja fuera de la cancha, en un juego que es sólo para hombres. Livni ha querido jugarlo de todas maneras, y salió perdiendo.

Pero, cuidado, que no se me malentienda. Esta columna no pretende ser una apología ni mucho menos propaganda política para Tzipi Livni y su partido, Kadima. Esta reflexión va más allá de estar o no de acuerdo con su ideología política, sus propuestas, su figura y su plataforma, va más allá de su persona.

Lo que quisiera ver en algún tiempo no muy lejano en esta sociedad en la que vivo es que, cuando los candidatos de turno comiencen la carrera hacia la primera magistratura, todos puedan estar parados en la misma línea de largada. Y que las candidatas no deban empezar la carrera unos cuantos metros más atrás, porque, por ser mujeres, “les queda grande” y de esto no entienden nada.

Bombay, Londres, New York, Madrid, Jerusalem, Buenos Aires…

Cada vez es más la gente afectada por el terrorismo y, quizás por eso, es cada vez menor la consciencia acerca de los estragos que produce, del desgarro que genera, de la destrucción que impone y el dolor que siembra, en términos de seres humanos comunes, que viven sus vidas cotidianas alejados de todo eso, así, como cualquiera de nosotros.

No puedo ocultar el efecto que me produjeron las imágenes que llegaron desde Bombay. Tantos recuerdos, tanta tristeza arrinconada en mi historia personal y familiar…

 

Los papás de Moishi, la mamá de Matías

A principios de este año falleció mi padre, después de algunos meses de internaciones y sufrimientos. Durante esa última etapa, la enfermedad que padecía le provocaba, por momentos, delirios. Y sus delirios eran, exclusivamente, dos. Uno tenía que ver con todo lo que él quería darme, me decía que tenía empresas, fábricas, autos y dinero, y que todo eso era para mí. En medio de la tragedia me arrancaba sonrisas cargadas de ternura.

Su segundo y más recurrente delirio tuvo que ver con los atentados sucedidos en Buenos Aires. Con un dolor profundo que había llevado adentro durante todos estos años y, evidentemente, en el final de sus días hacía eclosión. Con sus miedos y sus pesadillas.

Es que el 17 de marzo de 1992, cuando estalló la embajada de Israel en Buenos Aires, murió mi tía, Graciela Susevich de Levinson. Y dos años después, el 18 de julio de 1994, cuando la sede de la AMIA fue derrumbada en un segundo atentado, murió mi tío, Jaime Plaksin.

 Mi tío Jaime trabajaba en Cultura, era sinónimo de teatro en Idish, de enseñanza de Talmud, de Cábala, de jaime2Torá. Y fueron muchas, muchísimas las personas que se acercaron a la familia tras su muerte, para contar que Jaime los había ayudado, que les había enseñado, que los había aconsejado. Pero él jamás contaba esas cosas, ni mucho menos se vanagloriaba. La fotografía del emisario de Jabad, las afirmaciones y los relatos elogiosos de quienes lo conocieron, me recordaron a mi tío Jaime.

 

 

Las imágenes del caos y la destrucción, el descontrol, las críticas a las autoridades locales, me llevaron otra vez a aquel día en que la representación israelí en Buenos Aires quedó destruida.

Cuando ví al pequeño Moishi transformado en un ícono, un símbolo humano de la tragedia, su imagen me retrotrajo de inmediato a las voces de los cronistas de radio y televisión y a los textos de los diarios que hablaban de Matías – mi primo Matías – a quien nadie logró sacar del espantoso escenario en que se había convertido la embajada, hasta que sacaron a su madre de abajo de los escombros.graciela

El inolvidable grito del periodista de la televisión argentina que dijo: “encontraron a la mamá de Matías” , y siguió adelante con su crónica: “el cuerpo sin vida de Graciela Levinson es retirado del lugar…”

Y la imagen de mi papá – inconfundible, incluso de espaldas – llevándose de ese lugar a mi primo Matías y a mi hermana.

Y las contracciones que se intensificaban y se aceleraban en mi vientre, en el octavo mes de embarazo, en la misma medida y con la misma velocidad con las que se intensificaba el dolor.

 

Una simple expresión de dolor

He escuchado y leído en estos días a decenas de analistas, expertos en terrorismo y política internacional. Pero ésta no es una columna sobre contraterrorismo. No trata siquiera acerca de las generalizaciones que se regenerarán ahora por parte de quienes verán a todo musulmán, árabe o parecido, sin excepción, como portador de un chaleco explosivo y un enemigo despiadado . Ni sobre los musulmanes moderados, cuya voz de repudio no se oye, por el momento. Ni sobre el papel de Irán y su influencia – directa o indirecta – sobre Pakistán.

Ni siquiera sobre cómo debería reaccionar occidente, o cuánto y cómo debe proteger el Estado de Israel a las instituciones judías en el mundo, ni sobre la saña con que los terroristas de Bombay buscaban judíos e israelíes.

Estas palabras son un reflejo de mi necesidad de respuestas, de mi sed de justicia, mi esperanza de un verdadero Nunca Más y mi amor a la vida.Esto que escribo es, en definitiva, una simple y renovada expresión de tristeza y dolor.

 

Fotos: En la primera fotografía, a la derecha, se ve a mi tío, Jaime Plaksin, junto a su esposa, Aída. En la segunda se ve a mi tía, Graciela Levinson, junto a mi padre.

Día de Lucha Contra la Violencia de Género: En memoria de las mujeres…

25 de noviembre, Día de la Lucha Contra la Violencia de Género, es el Día de Homenaje a la Memoria de las Mujeres (Iom Hazicarón*). Es el día del calendario en el que recordamos a nuestras víctimas en la “Guerra de Resistencia” letal, que llevan a cabo contra nosotras, desde hace miles de años, los hombres violentos.

 Es el día en el que inclinamos nuestras cabezas por las niñas que fueran víctimas de acoso y violencia sexual por parte de padres, hermanos, abuelos, tíos y otros hombres “cercanos”. Por las que fueran víctimas primero de un pariente y luego de un proxeneta, que las empuja primero a la adicción a las drogas y luego a la prostitución y las transforma en un objeto sexual que se puede vender una vez y otra, y otra y otra más al mejor postor, hasta que queda satisfecho o se siente hastiado.

Recordamos a las niñas que fueran torturadas, violadas y asesinadas en los llamados “asesinatos por el honor familiar” o sólo por crueldad y maldad, y a quienes ha vuelto a matar la indiferencia y la soledad.

Es el día en que recordamos también a la pequeña Rose, la de la sonrisa triste, una niña a la que nadie quiso lo suficiente como para defenderla de los incesantes ataques de sus propios familiares más cercanos. Ataques que terminaron en asesinato. Y a todas las niñas que son víctimas de abusos y ataques similares en este mismo instante y las que lo serán en los próximos días, en las próximas semanas y los próximos meses.

25 de noviembre es el día en que nos unimos a las mujeres que son víctimas de la violencia cotidiana de un compañero violento. A aquellas a quienes la “violencia en la intimidad” las oprimió y las transformó en “mujeres golpeadas”. A aquellas a quienes una ráfaga de celos violentos les hizo perder la vida.

A las mujeres que se vieron obligadas a permanecer junto a un marido violento o maltratador, porque el sistema judicial en Israel no les permitió divorciarse o separarse de él.

A aquellas a quienes la situación económica, la presión social o la falta de alternativa las obligaron a permanecer en un hogar donde corrían peligro.

Y a todas las mujeres que también hoy, mañana y pasado, seguirán sufriendo maltrato físico y psicológico en sus casas, y serán asesinadas por un marido celoso y posesivo.

Es el día en que volvemos a ver el milagro de la valentía y la supervivencia de las mujeres que fueran víctimas de violación, abuso y acoso sexual. Mujeres jóvenes que fueran abusadas y aprovechadas por hombres en quienes confiaban y con quienes compartían alguna parte de sus vidas. Mujeres que fueron obligadas a tener relaciones sexuales con un amigo y a veces con amigos del amigo. Mujeres que fueron acosadas o abusadas sexualmente por sus empleadores, colegas, profesores, líderes espirituales y religiosos, médicos, psicólogos, maestros.

Mujeres que esperaban y pedían justicia al sistema judicial israelí y se toparon con una gran pared, con indiferencia, ineficiencia y hasta con la culpabilización de la víctima.

El Día del Recuerdo es, por naturaleza, doloroso, difícil, triste. Su función es recordar cosas difíciles de recordar.

De todos modos, es más fácil recordar cuando después del Día del Recuerdo llega el Día de la Independencia, que trae la esperanza y alivia un poco el dolor y la desesperación. Pero el Día de Recuerdo de las Vïctimas de la Violencia de Género no nos lleva a ningún Día de la Independencia. La situación de las mujeres en Israel no mejora y puede llegar a empeorar en vista de la crisis económica global y sus consecuencias sociales. Los terribles hechos descriptos siguen sucediendo en Israel y la pregunta es por qué, y por qué no se avecina ningún cambio.

Entre otras cosas porque para cambiar, para liberarse, para lograr la independencia, no es suficiente recordar, también hay que luchar. Hay que ponerse de pie juntas, como grupo, establecer metas colectivas, presentar exigencias y luchar por ellas. Hay que unir fuerzas, cerrar filas, actuar con solidaridad y en conjunto. También junto a los hombres no violentos, no abusadores, no acosadores, que quieran unirse a esta lucha.

Junto con ellos debemos exigir de nuestras autoridades leyes civiles de matrimonio y divorcio. Exigir de nuestro sistema de justicia un trato respetuoso y humano. Exigir de la policía que haga cumplir la ley y nos proteja. Exigir que haya educación para la igualdad y el respeto mutuo. Exigir en los lugares de trabajo protección contra el acoso sexual. Exigir de quienes nos rodean que no sean indiferentes y tengan su propia idea sobre el asunto. Exigirnos a nosotras mismas valentía y apoyo mutuo.

Si sabemos luchar por mejorar nuestras condiciones de vida como grupo, ésa será una lucha contra la violencia de género que nos llevará a la independencia y no se terminará en el recuerdo de las víctimas. Hasta entonces, la lista de víctimas que habremos de recordar sólo aumentará.

violencia

Fuente:

Dra. Orit Kamir (Ynet)

*Iom Hazicarón es el Día de Recuerdo y Homenaje a los Soldados Caídos en las Guerras de Israel y en Atentados Terroristas. Al término de este día solemne se celebra el Día de la Independencia.

La embajadora de Dinamarca en Israel se solidariza con Tzipi Livni

El 1 de septiembre pasado presentó sus credenciales diplomáticas la nueva embajadora de Dinamarca en Israel,Liselotte Plesner, ante el presidente Shimon Peres. Poco antes del acto, la embajadora debió pasar junto con los demás diplomáticos el rito del saludo y estrechar la mano a todos los miembros del servicio diplomático. Sólo que, en su caso, todos se dirigían a su marido que la acompañaba, Nicolai, y felicitaban al “nuevo embajador”. “Al principio nos resultó divertido. Le daban tarjetas de presentación y le decían frases sobre expectativas de cooperación y trabajo conjunto. Incluso me pareció que él lo estaba disfrutando. Hasta que dije: ‘momento, yo soy la embajadora aquí'”.

No es ésta la primera vez que Plesner – diplomática de 48 años de edad – se topa con este tipo de reacciones. En su cargo anterior, cuando era directora del Departamento Político del ministerio de Relaciones Exteriores de su país, solía concurrir a las reuniones acompañada por su asistente personal, un muchacho unos cuantos años más joven que ella. Tanto en Bruselas como en otras capitales europeas, todos pensaban que él justamente era el diplomático y ella la asistente que lo acompañaba.

“Esto muestra que todavía hay mucho camino por andar”, dice la embajadora. “En Dinamarca, como en otros países de la región, hay una situación de bastante igualdad para la mujer, pero eso es en cierta forma un mito. En el ámbito privado prácticamente no existe y en el ámbito público hay muchas mujeres en los cargos menores y, a medida que se asciende en el escalafón de pronto ves sólo hombres. Hay mujeres en nuestro parlamento y 50% de los diplomáticos jóvenes son mujeres. Pero en el nivel de directores la mayoría son hombres”, explica.

En Israel hay hay 85 representaciones diplomáticas extranjeras, 15 de las cuales están a cargo de una mujer. Israel tiene 95 representaciones en el mundo y en sólo 11 hay una mujer a la cabeza. Entrevistada por el periódico Haaretz, la embajadora Plesner dice buscar inspiración en las mujeres que llegaron a altos puestos en la política europea. Carme Chacón, por ejemplo, que tiene sólo 37 años y es la ministra de Defensa de España. Rachida Dati, de 43 años de edad, la ministra de Justicia francesa. Plesner relata que trabajó, en el marco del puesto que ocupaba en la Cancillería, en contacto directo con miembros del ejército danés, represntantes de la OTAN y otros organismos militares. “Hablábamos sobre Irak, Irán, y sobre el proceso de paz en Medio Oriente”, relata Plesner. “Nunca tuve ningún problema, al contrario, recuerdo que había una cooperación especialmente buena y fructífera. Una mujer sin duda puede lograr eso”.

Sin introducirse en los laberintos de la política interna israelí y sin decir – por supuesto – cuál es el candidato que apoya, Plesner asegura que se sorprendió mucho, y no precisamente para bien, con aquella famosa pregunta que dirigieron a Tzipi Livni sobre quién atenderá el teléfono a las tres de la madrugada. “¿Le habrían preguntado algo así si se tratara de un hombre? Mi impresión sobre Livni es excelente. No juega con su femineidad y no trata de congraciarse con la gente. Se ve como una persona extremadamente profesional y no alguien que busca atajos sólo para caerle bien a alguien”, advierte.

Ése es precisamente el modelo que la propia Plesner exhibe: ni femenino ni masculino, sino profesional. “Las mujeres tienen que avanzar y no pensar si están actuando de acuerdo con los códigos masculinos, o sea duros, o femeninos, o sea más suaves y delicados. Hay que salir de esa forma de pensamiento de hombre-mujer. Una mujer, al igual que un hombre, debe saber hacer bien su trabajo. A veces se dice que hay que dejar que actúen las mujeres allí donde los hombres fracasaron. También esto es un error: las mujeres no son mejores que los hombres. Todo lo que hay que hacer es tomar las decisiones correctas y dirigir. Y eso no tiene nada que ver con la cuestión de hombre-mujer”, asegura la embajadora Liselotte Plesner.

Prohibidas las mujeres en Jerusalem

Más de un año después de haber llegado al país subí en cierta ocasión a un autobús en Jerusalem, desde donde quería llegar a la ciudad donde vivo, Modiín. Era una línea que no conocía, así que al subir intenté averiguar dónde podía bajar y cuánto costaba el viaje. Pero, unos segundos después, se armó un escándalo en el colectivo, y me tardó un instante darme cuenta que esas quejas y gritos eran para mí, que llevaba puesta una falda corta. Me dí vuelta y ví un autobús repleto de judíos ortodoxos – hombres de lado izquierdo y mujeres del derecho – que me exigían que bajara inmediatamente y vociferaban que no tenían la más mínima intención de viajar conmigo. De esa manera me enteré que hay una línea de autobuses que prácticamente pertenece a los ortodoxos, y que son los pasajeros los que generalmente deciden quién se queda y quién se va.

 Debo señalar que en otra ocasión, en la que vestía pantalones, una mujer se acercó y me pidió con amabilidad y una sonrisa si podía ponerme el saco porque mi camisa tenía mangas cortas y se me veían los brazos. El pedido fue tan respetuoso que de inmediato le respondí que sí y me disculpé por no haberme dado cuenta antes. Casi una hora después, cuando estaba por bajar del autobús, la mujer se volvió a acercar para darme las gracias.

 En otra ocasión, subí a un autobús de línea, común, corriente, en pleno centro de Jerusalem. Yo iba en el primer asiento – donde me gusta ubicarme para observar todo el panorama – detrás había una mujer embarazada y los demás asientos estaban tooooodos libres. De pronto subió un señor, ortodoxo, y me anunció haciendo gala de toda su antipatía y su falta de educación, que tenía que levantarme de allí porque “los asientos de adelante son para los hombres”. “Éste no sabe con quién se metió”, pensé, lo miré y le sonreí con sorna.

 Después de “debatir” un par de minutos sobre “dónde está escrito” y “de dónde obtuvo el derecho a imponer su propia ley en un espacio público”, le hice saber que si tiene algún problema para sentarse al lado de una mujer – en este caso yo – sencillamente es él quien debe buscarse otro lugar. Por último le comuniqué que “si me hubiese pedido con respeto y buenos modales si POR FAVOR puedo cambiar de asiento, de inmediato yo le habría dicho que sí, por respeto a él y sus convicciones. Pero dado que él no me respeta, yo tampoco me siento en la obligación de respetarlo”. Solamente obtuve algunos insultos a modo de respuesta, y el hombre se quedó parado en medio del pasillo, convencido de que había tenido la mala suerte de empezar el día cruzándose con una pobre mujer, tan equivocada como loca.

 Quizás por eso – y por muchas otras anécdotas que escuché de concidas y conocidos – no me tomó del todo por sorpresa una noticia que se dio a conocer esta semana. La empresa de transporte público “Egged” se negó a vender un espacio publicitario a un partido político independiente que se presenta en la campaña electoral para la Intendencia de Jerusalem. El motivo, según lo explicaron voceros de la empresa responsable de la publicidad, es que no se puede mostrar fotografías de mujeres en los autobuses– hay dos candidatas a concejales en ese partido – ya que los ortodoxos suelen atentar de distintas maneras contra ellos y hasta incendiarlos.

Aclaro que en estos días puede verse el rostro de todos los candidatos hombres en los autobuses que circulan por Jerusalem.

 

 

 El partido, “Hitorerut ierushalmim” (Despertar de los jerosolimitanos) no ha logrado por el momento más que una larga serie de excusas y explicaciones huecas de distintos burócratas. Pero, en la práctica, nada.

Tengo consciencia de que el tema no es nuevo, tiene la misma edad que la sociedad israelí. Que el “poder de convicción” ultraortodoxo utiliza distintos métodos, tales como el boicot a supermercados y cadenas de distribución de alimentos, y la manipulación del enorme potencial económico que posee. Las preguntas que me hago hoy, al observar una vez más este cuadro de situación son básicamente dos: dónde está el límite y quién será capaz de imponerlo.

 

 

 

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