¿Hacia dónde nos llevan los autobuses “Kosher”?

 

 

 Algunos historiadores aseguran que en la Edad Media se discutió si la mujer tiene alma. Aquí, en Israel, por estos días, se discute la legalidad de los autobuses “kosher mehadrin”, o sea autobuses en los cuales los hombres viajan en la parte delantera y las mujeres, atrás … sólo atrás. Se evalúa, en realidad, la posibilidad de institucionalizar la discriminación.

 Es sabido que algunas instituciones y personas particulares, recurrieron a la justicia para intentar frenar lo que consideran un abuso de poder, humillación, discriminación y violación de los derechos más básicos de las mujeres. Y, por esas cosas de la justicia, nuestro ministro de Transporte, Israel Katz, (que quién sabe cuándo habrá subido a un autobús por última vez) debió expresarse.

 Y el hombre dijo, muy serio, que está a favor de la separación entre hombres y mujeres en esas líneas de transporte, pero que ésta debe hacerse en forma voluntaria. También aseguró – y no, no estaba bromeando – que hay que poner un cartel que indique que la separación no es obligatoria. Lo cual refuerza mi teoría de que el funcionario no sólo no viaja en autobús desde la época de la secundaria, sino que además no tiene idea de cuál es la realidad en la que viven y viajan las mujeres en el mundo ortodoxo. ¿O será que sabe y no le interesa? ¿O será que le interesa pero menos que sus propios intereses?

 En este mismo blog escribí, hace un tiempo, una nota sobre el trato que recibí en más de una ocasión al subir a un autobus en el que había religiosos ortodoxos. Y ni siquiera se trataba de los autobuses kosher mehadrin… Algunas de las mujeres que presentaron la demanda contra esta medida relataron situaciones similares, y aún peores.

 Pero, más allá de las anécdotas, toda esta situación – a mi entender – plantea algunas preguntas más profundas. Preguntas cuyas respuestas, muy probablemente, determinen nuestro futuro como país y como sociedad.

 

 ¿Tolerancia a las minorías o el fin de los valores democráticos?

 Cuando se conoció públicamente la opinión emitida por el ministro Katz, uno de los representantes de la comunidad ortodoxa que encabeza la lucha por la institucionalización de las líneas “kosher mehadrin” dijo que estaban “muy satisfechos porque el ministro reconoce y respeta las necesidades especiales del público ortodoxo”. Y, en este punto, cabe la pregunta: ¿Estamos ante un caso de respeto hacia las costumbres y la cultura de una minoría que vive en nuestro país o de un “permiso oficial para discriminar”?

 Si bien es cierto que toda democracia debe respetar y hacer respetar las culturas minoritarias que viven en ella, también lo es – y en igual medida – que hay valores universales que están por encima. Toda democracia tiene que poder garantizar el cumplimiento de sus valores básicos – derechos humanos y derechos civiles, como por ejemplo la libertad – siguiendo una escala de valores que no puede adaptarse a las circunstancias. No a la cantidad de votos que esa minoría provea al gobierno, no a la coacción comercial y a las medidas que suelen tomar los ortodoxos de dejar masivamente de comprar en tal o cual cadena de negocios, empresa de servicios, etc,etc.

 La libertad, el derecho a no ser discriminado por sexo o por lo que fuera, son valores que superan “las necesidades particulares” de cualquier minoría.

 Más de uno me dirá que a las mujeres ortodoxas nadie las obliga a viajar en la parte trasera del autobus, que viven como viven porque quieren y porque así lo deciden, en base a la educación que recibieron.

 Suponiendo que esto realmente sea así, aquí entra en juego otro principio. El hecho de que se separe a las mujeres de los hombres en un autobus es, en sí mismo discriminación de género.

 Hay valores básicos – insisto, derechos humanos y derechos civiles – que ninguna democracia está dispuesta a resignar , aunque la víctima sí lo esté. O dicho de otra manera: aunque la mujer esté dispuesta a ser discriminada y a que sus derechos no sean respetados, el Estado tiene el derecho y el deber de intervenir para evitar tal discriminación o frenarla, para evitar que sus principios y valores democráticos fundamentales sean pisoteados junto con la dignidad de las mujeres.

 Si un trabajador aceptara, por el motivo que fuese, ser esclavo, el Estado no podría permitirlo. Incluso aunque él insista y asegure que lo hace por propia voluntad, que nadie lo ha obligado.

 Y, justamente por eso, resulta preocupante lo que ha dicho nuestro ministro de Transporte…

 

Viajar en la parte de atrás es más barato

 Más allá del hecho – inexplicable por cierto – de que viajar en autobuses Kosher es más barato (sí, sí, el boleto es más barato que en los demás), no hay que olvidar que se trata de transporte público, subsidiado por el Estado, ese al que todos nosotros le pagamos nuestros impuestos.

 Y precisamente a esto se refirió el juez Michael Jeshin, ex miembro de la Corte Suprema de Israel, a quien escuché decir hace unos días lo siguiente: “si los ortodoxos quieren que las mujeres viajen en el baúl o sobre el techo de los autobuses, yo no tengo inconveniente … pero no tengo por qué subvencionarlo con mis impuestos.

 Lo único que puedo decir al respecto es que yo tampoco pago impuestos para eso.

 

De Rosa Parks a Rosa … la de la línea 1 que circula por Jerusalem

 ¿Alguien recuerda a Rosa Parks? La activista por los derechos civiles que – en Montgomery, Alabama, en el año 1955 – fue arrestada por negarse a cederle el asiento a un hombre de raza blanca en un autobus público. En aquellos tiempos, la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos sentenció que “el hecho mismo de la separación en un autobus constituye discriminación y humillación y es contraria a la Constitución Nacional”.

 La separación entre hombres y mujeres en los autobuses me recuerda otras segregaciones, abusos y discriminaciones que hemos visto y repudiado a lo largo de la historia. Hacia allí nos conducen – sin paradas intermedias y a precio subsidiado – los autobuses Kosher.

 

 

Fuentes y autores consultados: Moshe Negvi, Dr. Avi Sagui, Rajel Azaria, Einat Horvitz. Ynet, Haredim, Sentencias de la Corte Suprema de los EEUU, Centro de Pluralismo Judío.

 

 

 

Prohibidas las mujeres en Jerusalem

Más de un año después de haber llegado al país subí en cierta ocasión a un autobús en Jerusalem, desde donde quería llegar a la ciudad donde vivo, Modiín. Era una línea que no conocía, así que al subir intenté averiguar dónde podía bajar y cuánto costaba el viaje. Pero, unos segundos después, se armó un escándalo en el colectivo, y me tardó un instante darme cuenta que esas quejas y gritos eran para mí, que llevaba puesta una falda corta. Me dí vuelta y ví un autobús repleto de judíos ortodoxos – hombres de lado izquierdo y mujeres del derecho – que me exigían que bajara inmediatamente y vociferaban que no tenían la más mínima intención de viajar conmigo. De esa manera me enteré que hay una línea de autobuses que prácticamente pertenece a los ortodoxos, y que son los pasajeros los que generalmente deciden quién se queda y quién se va.

 Debo señalar que en otra ocasión, en la que vestía pantalones, una mujer se acercó y me pidió con amabilidad y una sonrisa si podía ponerme el saco porque mi camisa tenía mangas cortas y se me veían los brazos. El pedido fue tan respetuoso que de inmediato le respondí que sí y me disculpé por no haberme dado cuenta antes. Casi una hora después, cuando estaba por bajar del autobús, la mujer se volvió a acercar para darme las gracias.

 En otra ocasión, subí a un autobús de línea, común, corriente, en pleno centro de Jerusalem. Yo iba en el primer asiento – donde me gusta ubicarme para observar todo el panorama – detrás había una mujer embarazada y los demás asientos estaban tooooodos libres. De pronto subió un señor, ortodoxo, y me anunció haciendo gala de toda su antipatía y su falta de educación, que tenía que levantarme de allí porque “los asientos de adelante son para los hombres”. “Éste no sabe con quién se metió”, pensé, lo miré y le sonreí con sorna.

 Después de “debatir” un par de minutos sobre “dónde está escrito” y “de dónde obtuvo el derecho a imponer su propia ley en un espacio público”, le hice saber que si tiene algún problema para sentarse al lado de una mujer – en este caso yo – sencillamente es él quien debe buscarse otro lugar. Por último le comuniqué que “si me hubiese pedido con respeto y buenos modales si POR FAVOR puedo cambiar de asiento, de inmediato yo le habría dicho que sí, por respeto a él y sus convicciones. Pero dado que él no me respeta, yo tampoco me siento en la obligación de respetarlo”. Solamente obtuve algunos insultos a modo de respuesta, y el hombre se quedó parado en medio del pasillo, convencido de que había tenido la mala suerte de empezar el día cruzándose con una pobre mujer, tan equivocada como loca.

 Quizás por eso – y por muchas otras anécdotas que escuché de concidas y conocidos – no me tomó del todo por sorpresa una noticia que se dio a conocer esta semana. La empresa de transporte público “Egged” se negó a vender un espacio publicitario a un partido político independiente que se presenta en la campaña electoral para la Intendencia de Jerusalem. El motivo, según lo explicaron voceros de la empresa responsable de la publicidad, es que no se puede mostrar fotografías de mujeres en los autobuses– hay dos candidatas a concejales en ese partido – ya que los ortodoxos suelen atentar de distintas maneras contra ellos y hasta incendiarlos.

Aclaro que en estos días puede verse el rostro de todos los candidatos hombres en los autobuses que circulan por Jerusalem.

 

 

 El partido, “Hitorerut ierushalmim” (Despertar de los jerosolimitanos) no ha logrado por el momento más que una larga serie de excusas y explicaciones huecas de distintos burócratas. Pero, en la práctica, nada.

Tengo consciencia de que el tema no es nuevo, tiene la misma edad que la sociedad israelí. Que el “poder de convicción” ultraortodoxo utiliza distintos métodos, tales como el boicot a supermercados y cadenas de distribución de alimentos, y la manipulación del enorme potencial económico que posee. Las preguntas que me hago hoy, al observar una vez más este cuadro de situación son básicamente dos: dónde está el límite y quién será capaz de imponerlo.