Breve reflexión sobre un Pesaj femenino

  Hace unos días tuve oportunidad de leer un artículo de la investigadora Jana Pinjasi acerca de un “Pesaj femenino”. Allí, Pinjasi describe la salida de Egipto, de la esclavitud a la libertad, como el nacimiento del pueblo judío. Un parto.  A partir del momento en que Dios castiga a los egipcios con la última plaga, la muerte de los primogénitos, los judíos deben permanecer en sus casas marcadas con sangre, y de allí – del encierro y la oscuridad – atravesando el agua, se produce el alumbramiento de todo un pueblo. Con Dios como partero, según Pinjasi.

En estos días he reflexionado sobre esta comparación. Evoqué el seder de Pesaj de mi infancia, uno de los recuerdos más hermosos de aquellos días, pero que de femenino sólo tenía las manos que cocinaban y servían.

El hombre mayor de la familia – que para nuestra dicha tenía una voz maravillosa y un humor extraordinario – dirigía el seder. A él le siguieron, con los años, su hijo y nieto. Cuando todos coreábamos con entusiasmo “shuljan orej”, felices porque había llegado por fin el momento de la comida, las tías y primas nos levantábamos a servir la mesa, y por supuesto que también después, a levantarla.Y la que – como yo – intentara hacerse la distraída y pasar desapercibida para que no la tuvieran en cuenta a la hora de repartir la tarea, recibía un buen reto. Nunca me animé a preguntar por qué a los hombres nadie les decía nada.

Y después, a seguir con el seder, como Dios manda.

Observé el seder al que tuve la alegría y el honor de estar invitada, y que realmente disfruté. Pero que de femenino sólo tenía las manos que lavaban la vajilla. Con el comienzo de la festividad, las mujeres encendimos las velas y como la más joven está recién casada, su marido controló atentamente para ver si cumplía con el precepto de manera exacta. Y, como la pobre chica se puso nerviosa y se le confundían las palabras, él se ocupó de recitarle el texto que ella se limitó a repetir.

Por supuesto que en nuestros días son muchos los hombres que trabajan a la par de sus mujeres para recibir a las visitas y comparten el esfuerzo que significa preparar un seder de Pesaj (aunque en algunos casos la tarea compartida se reduzca a contratar el catering) . Pero creo no equivocarme si digo que en ninguna casa , o casi ninguna, un hombre habrá estado a cargo de los preparativos y su mujer de dirigir el seder.

Todo esto no significa que yo esté pensando en hacer, el año que viene, un seder de Pesaj dirigido por las mujeres de la casa. No soy religiosa, pero disfruto de la tradición de Pesaj, de su música, sus aromas, sus colores. Porque forma parte – como dije – de los momentos más bellos de mi infancia. Porque es sinónimo de los días en que estaban todos los que ya no están en mi familia.

Pero Pesaj es la fiesta de la libertad, y de eso se trata, de ser libres para poder vivir nuestra fe y de tener la posibilidad de recrearla.

Por eso pienso que la teoría de Jana Pinjasi, más que un reflejo de la realidad, da cuenta – precisamente – de la necesidad de pertenecer, de sentirse parte. Por el momento, tan solo una utopía.